Reseña día 33 Orbaizeta – Auritz: El Camino padre de todos los caminos

Esta etapa no debería ser complicada porque, como una parte de ella coincide con el Camino de Santiago, debería estar bien señalizada.

El problema es la otra parte, la que no coincide con el Camino y que consiste, por describirlo en pocas palabras, en cruzar montes y montes entre la niebla como un alma en pena, confiando en que eso que de vez en cuando brilla en el cielo sea el sol y no sea la luz al final del túnel, esa que se ve cuando te has extraviado sin darte cuenta y has terminado, digamos, alejado de la ruta que esperabas tomar y llegando a tu destino final por un atajo.

La niebla… ¡Ah, la niebla! ¿Hay algo más tradicional y navarro que la niebla? Caminar con niebla te hace sentir como un zombie, y al cabo de un rato terminas andando como uno de ellos.

Vale, admito una cosa: Cualquier bosque con niebla es más bonito, más de cuento. Pensar en Caperucita Roja con los pies arrugados y encharcados por el rocío, o en Pedro gritando “¡que viene el lobo!” mientras se deja los dientes contra un árbol al resbalarse en una piedra mojada, hace que valores mucho más la vida de aquellas gentes.

En fin, que caminas por senderos bien marcados hasta el Collado de Urkulu. Es una ruta interesante donde puedes aprovechar para visitar los cromlech (círculos de piedras[1]) de Azpegi, entre otras ruinas muy antiguas, de cuando el Aneto era un monte y se subía en moto. Se alterna entre pista y sendero, y hay que tener cuidado porque hay un montón de cruces con otros senderos, con la HRP y esas cosas. La verdad es que resulta un poco tostón, porque te tiras mucho rato subiendo y bajando cuestas, y no hay quien coja ritmo. Además, la niebla va a hacer que tengas que andar con mil ojos o con el GPS de la mano, como nosotros.

Pero de pronto… ¡Hop! Te cruzas con un camino que resulta que es El Camino, así con mayúsculas, y con una estación telefónica que te provee de WiFi gratis y todo. En mitad del monte. Y empiezas a ver peregrinos. Muchos peregrinos. Es divertido, porque hablamos con la gente que nos cuenta historias muy curiosas, como sucede siempre en el Camino, y también raro, porque casi todos ellos están empezando a caminar y nosotros estamos terminando nuestra ruta. Después de patear las pedreras del Pirineo central, estas cuestas nos parecen autopistas, así que corremos por ellas como si el último pagara la cuenta, y dejamos atrás a casi todos los peregrinos que, al menos hoy, se ve que no han madrugado mucho porque al cabo de un rato ya no vemos ni al Tato.

Llegamos a Roncesvalles y eso es otro tema, claro. Hay más gente que en una manifestación convocada para defender el derecho a dormir la siesta. Coches, turistas, senderistas, peregrinos, ciclistas y tipos que te quieren vender sus tonterías[2] se apretujan en sus cuatro calles. Salimos de allí corriendo y nos vamos a Burguete, que se llega en un rato también por Camino de Santiago. Dormimos bien en Casa Pedro Arena por 38€ y comemos y cenamos fenomenal en Goxona, que está a la entrada del pueblo.

A ver, nosotros comemos ensalada y patatas fritas, y cenamos ensalada y pasta, pero vaya, que nos hicieron la pasta sólo para nosotros, que se agradece, y se veía que la gente salía de allí contenta. Cuando llegamos pronto a un pueblo, nos gusta preguntar si nos pueden hacer algo para la cena, porque así les das tiempo a prepararse y, por lo general, la gente se porta muy bien con este tema.

Hoy hemos sumado 21,30km, con +920m y -750m en seis horas. Las pistas cómodas suben la media que da gusto.

Nos dan ganas de seguir por el Camino una vez que terminemos el GR11, desde Irún, y tirar hasta Santiago de Compostela… ¡El cuerpo sigue teniendo ganas de marcha! Pero el mundo real se acabará en Cabo Higuer y habrá que volver a casa…    

[1] De origen celta y fines poco claros. Hay quien dice que tenían una función funeraria, como casi todos los restos que conservamos de aquella gente. Yo, sin embargo, veo el círculo de piedras y me imagino a un montón de personas sentadas encima de ellas, como si fueran unas primitivas gradas de un teatro, escuchando al viajero que, habiendo regresado de los confines del mundo, se colocaba en el centro para hablarles de las maravillas que había visto. Me encantan los contadores de historias. Son fantásticos.

[2] Tal cual. Un tipo nos quería vender una especie de permiso para poder hacer el camino. Delirante.

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