Reseña día 32 Otsagabia – Orbaizeta: Tierras de duendes, trasgos y gnomos

Se acabaron los días de relax, y toca apretar el paso de nuevo un poco.

El GR11 actual no pasa por Irati, pero es una zona que a mí me tiene enamorado, y me hace mucha ilusión recorrer estos bosques y ver el Embalse de Irabia de nuevo, que es una chulada. Eso significa que, en un momento dado, tendremos que salirnos del sendero y hacer una curva como las ovejas descarriadas de la Biblia que sirven para ver más canales en la tele, ya sabes, las parabólicas.

Así que salimos de Otsagabia esquivando a los rezagados que vuelven a casa después de una noche larga y que huelen tanto a alcohol que podría desinfectarme una herida sólo con su aliento. Ay, qué tiempos, cuando yo salía de fiesta… Casi no me acuerdo de ellos, pero no es porque fueran hace mucho tiempo, sino porque salía mucho de fiesta.

En fin, avanzamos por un camino bien marcado y conservado, el cielo está despejado y al fondo, por el Paso de las Alforjas, se ven unas nubes que se derraman hacia el valle como si detrás de ellas vinieran arreando los Dioses del Mal Tiempo con ganas de fastidiar a los senderistas. Y efectivamente, cuando alcanzamos Arrizabala, todavía siguiendo las marcas del GR11, ya no se ven ni tres pimientos en un burro.

Lo que sí se ven son caballos. A un servidor le dan un poco de miedo, como las vacas, pero uno de ellos me mira con curiosidad. Le devuelvo la mirada. Se acerca con timidez y deja que le acaricie un poco…

Y entonces desvela sus auténticas intenciones: en menos de un minuto estoy rodeado por caballos que olisquean las mochilas, dan lametones a los bastones y me empujan con la cabeza como diciendo “jo, venga, danos algo rico…”.

Me deshago de ellos con dificultad y un poco de pena, porque han hecho una fila ordenada delante de mí como si fuera a darles una galleta a cada uno, que ya quisiera yo ver tanta educación en las tiendas en época de rebajas, pero andamos justos de comida y, además, el azúcar es malísimo para los dientes.

Ya, ya lo sé. Pero no se me ocurrió una excusa mejor.

Nos salimos de la ruta marcada porque el sendero que queríamos tomar está “cerrado por explotación forestal” y nos da miedo que venga un guarda con la libreta de firmar autógrafos a cascarnos una multa por ignorar los carteles, así que cambiamos de planes y vamos a Casas de Irati, que es algo así como el centro turístico de la zona.

Allí nos asustamos un poco al ver a tanta gente, porque es domingo y ya se sabe, los humanos salimos al monte como si fuera nuestro. En información nos recomiendan una ruta que acortará un par de kilómetros sobre lo que teníamos previsto, que se agradece. Nos tomamos un café bien rico allí mismo, en un restaurante precioso y muy acogedor, y la amabilidad con la que nos atiende la camarera nos quita el cansancio que, aunque nos queda mucho día por delante, empezamos a sentir.

Es que… A ver, llevamos ya unas horas andando y llegar a este lugar lleno de coches y de gente… Cualquiera que diga “voy a conocer Irati” y vea esa marabunta, se marchará de vacaciones a Salou en agosto, que se encontrará más tranquilo.

Pero no hay que asustarse; como sucede siempre, la mayoría de la gente se queda en los alrededores y a los cinco minutos estamos casi solos y rodeamos el embalse disfrutando del paisaje.

Nota mental: No debo quejarme tanto de la gente porque yo también soy gente para los demás. Además, a pesar del jaleo, está todo limpio, bien conservado y cuidado.

Irabia es precioso. Tiene un color único, no puedo describirlo de otro modo. Es un embalse mágico. Estoy seguro de que en sus aguas vive alguna ondina.

Después de bordear el agua, que lleva un rato, abandonamos el parque por el Canal de Betolegi, que es un paseo de lo más curioso y bien bonito, que es por donde nos recomendaron en información que fuéramos. Cuando alcanzamos la carretera, la remontamos hasta el albergue Mendilatz, que es donde vamos a dormir. Son muy profesionales y las habitaciones son estupendas. Al recibirnos, la pregunta es la habitual:

-Sí, leí lo que poníais en la reserva pero, si sois veganos… ¿qué vais a cenar?

En la cena, descubrimos que un grupo bastante numeroso celebra esa noche una fiesta de bodas de plata, o algo parecido, con altavoces y música. Fiestas patronales, fiestas de quintos y ahora esto… Pero Señor, ¿yo qué te he hecho?

Entonces recuerdo todos los “mecagüen…” pronunciados en las pedreras, y cuando llovía, y en la nieve, y cuando nos perdíamos, y todo cuadra.

Vaya, vaya, con el rencoroso.

En fin, pagamos 81€ más 3,40€ de dos cañas bien ricas y nos vamos a la cama tan cansados que, si han hecho ruido, no nos hemos enterado de nada. Han salido, según Simón, 33,4km con +1.100m y -1.060m en nueve horas y media. Nuestras piernas ya ni lo notan.

No era la primera vez que dormíamos en Mendilatz. Guardábamos muy buen recuerdo de ese albergue, de sus habitaciones con baño para dos personas, de la madera, del entorno precioso, del silencio y la tranquilidad. El grupo que celebraba una fiesta, que estaban todos vestidos con estética años 20, debo decir que no montaron nada de jaleo. El responsable del albergue nos aseguró que no tendríamos problemas y, efectivamente dormimos fenomenal. 

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