Reseña día 31 Izaba – Otsagabia: Compañeros de viaje excepcionales

La etapa de hoy también va a ser corta y cómoda, porque se sube por bosque más o menos rápido y se baja por pista.

Y menos mal que será una ruta corta, porque tenemos un pequeño problema médico. Silvia tiene una infección de garganta cuyos síntomas conoce bien porque le ha pasado más veces: Consisten en un dolor seco muy característico que se vuelve realmente molesto y cuya curación requiere antibióticos. Menos mal que llevamos un botiquín bien surtido y, en previsión de alguna infección, teníamos los antibióticos que necesita. El año pasado a mí me tocó hacer la ruta también medicándome de forma parecida, por una infección en la boca que me fastidiaba a base de bien, y es un poco incómodo porque los antibióticos te dejan baldado, sin fuerzas ni ganas para nada.

Pero no hay problema, eso está arreglado… Si obviamos el hecho de que los antibióticos también machacan el estómago y no estamos comiendo precisamente como en casa, porque de tanta pasta con tomate creo que nos estamos volviendo celiacos. Y es que las conversaciones sobre las comidas suelen ser así:

-En la reserva indicamos que somos veganos, por si nos podíais preparar algo, y nos dijisteis que no había problema.

-No, claro, no hay problema, os podemos preparar una ensaladita.

-Ya, bueno, yo me refería a algo más consistente… algo de legumbres a la sartén, arroz con verduras…

(Silencio sepulcral)

-También algo de pasta…

-Ah, vale, pasta, claro. Bueno, os prepararemos unos macarrones con tomate.

Las propuestas anteriores ni las escuchan, así que juro por Dios que voy a acabar odiando ese plato.

Pues eso, que con el malestar de los antibióticos, Silvia quizá no podría aguantar hoy una de las etapas duras, así que decido que cargo yo con el peso de la comida extra y algunas otras cosas, porque para eso soy El Hombre. Al ponerme la mochila, me cruje la espalda y los pies me tiemblan como natillas, así que le devuelvo a Silvia algunas de sus cosas, por respetar la igualdad y ese tipo de cosas, y no porque ella camine mejor estando enferma que yo estando sano. Desde el primer momento, su mochila ha pesado lo mismo que la mía y no es plan de cancelar el feminismo a estas alturas.

En fin, comenzamos a andar animados y contentos, ella más que yo porque (tiene bemoles la cosa), dice que su mochila parece muy ligera.

¿Cómo es el bosque por el que subimos? Lo has adivinado, es una preciosidad, viejo, de un verde oscuro muy intenso. Cuando nos quitamos casi toda la subida, nos juntamos con una pareja que también van a Otsagabia. Caminamos a un ritmo parecido, así que hacemos juntos el resto del camino, con calma y disfrutando del día. Nos encontramos con un pastor que nos cuenta algunas cosas curiosas de sus perros y de las costumbres de las ovejas, que resulta que son unas frioleras y van buscando las laderas donde pega el sol, huyendo de la sombra[1], y disfrutamos de una jornada tranquila. El resto del camino lo pasamos hablando de unas cosas y de otras.

Deduzco, por algunos comentarios que hace, que este tipo con el que hablo ha hecho cosas realmente asombrosas hace años.

Tengo que hablar más de este hombre. No es que fuera un presumido, ni tampoco un “falso modesto” de esos tan irritantes… Es una persona que ha disfrutado de las montañas de muchas formas diferentes, que ha viajado por todo el mundo para enfrentarse a sus propios demonios, ya sabes, suelen vivir en las cimas. Cuando era joven y presumido, no sacaba fotografías para que, aquel que quisiera disfrutar de las vistas, tuviera que hacer el mismo camino. Perdió buenos amigos en las montañas, como tantos otros, y defendió la pureza de Pirineos a veces de formas violentas y poco ortodoxas. Pero lo más bonito que nos contó, lo que de verdad hace que me acuerde de él en tantas ocasiones, es lo siguiente…

No le consigo sonsacar casi nada, y prefiere hablarme de lo bien que se lo pasa en Pirineos ahora que no tiene objetivos tan complicados y que disfruta simplemente caminando de un lado a otro, sin presiones y con la satisfacción de quien no tiene nada que demostrarse a sí mismo. Recuerdo muchas de sus reflexiones, que soltaba así como quien no quiere la cosa, pero sobre todo una: “Que tus retos no te superen”; disfruta de la montaña por lo que es, y no por lo que tú haces en ella.

Qué sabio es el muy cabrón.

Nos lo pasamos tan bien hablando que llegamos a nuestro destino casi sin darnos cuenta. Nos alojamos en el Camping de Otsagabia y allí nos tomamos una cerveza juntos para despedirnos. Dice Simón que 22km, con +760m y -790m en menos de seis horas, que no está mal y que ya vamos espabilando.

Pagamos 27€ por dormir en una sala compartida, así que fenomenal. Y menos mal que nos alojamos en el Camping y no en el pueblo, porque se celebra no-sé-qué fiesta y hay jaleo montado. En el Camping no parece que haya fiesta, pero por si acaso estreno un par de tapones nuevos para los oídos y duermo el sueño de los bebés.

Bueno, vale, el sueño de los justos. Los que tenéis bebés llorones sois de un susceptible…

[1] Las ovejas tienen frío porque están esquiladas, claro, no porque su especie tenga un defecto de diseño, como los seres humanos que, para no pasar frío, nos vestimos con su lana. Lo aclaro porque parece que me estoy metiendo con las ovejas y no es así, pobrecicas ellas. El pastor, por cierto, era un tipo bien majo.

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