Reseña día 30 Linza – Izaba: La tranquilidad del terreno conocido

Pues sí, el día se ha levantado con rayos, truenos y centellas, aunque esto último sólo lo supongo porque centellas, la verdad, no veo ninguna por más que las busco, que a lo mejor tengo una pegada a la mochila y no me he dado cuenta.

Pero nuestra etapa es corta y facilona, y mientras las personas que están alojadas en el refugio y tienen por delante una etapa complicada se lo piensan, nosotros aplicamos lo que nos dijo un inglés hace parece ya un siglo, en un refugio de Andorra: “Keep Moving”, mantente en movimiento. Así que nos ponemos las capas para el agua y echamos a andar.

Los primeros cinco kilómetros se hacen por carretera hasta el Camping de Zuriza, y como está lloviendo, y el agua y la bruma lo vuelven todo tan bonito, disfrutamos del paseo aunque sea por asfalto. En el Camping paramos a desayunar con toda la pachorra, que tenemos tiempo, y eso de andar un rato y luego desayunar nos sienta muy bien.

Bueno, voy a hacer una aclaración: solemos desayunar unas galletas y un poco de chocolate que compramos en los pueblos cuando encontramos una tienda… Estos caprichos de “ponme dos cafés americanos y unas tostadas con tomate” son la excepción, porque casi nunca solemos tener esa opción. A ver si luego alguien va a pensar que en mitad del monte crecen los cappuccinos como si fueran matojos, y luego me va a poner una queja.

El caso es que luego seguimos por un sendero que se interna en uno de los bosques más bonitos que he visto nunca, y mira que llevamos bosques bonitos a nuestras espaldas.

Vale, ya sé que últimamente digo eso muy a menudo, pero es que resulta tan bonito que me quedo sin palabras durante un rato y Silvia, que está acostumbrada a mi parloteo incesante, se para de vez en cuando para ver si estoy bien, que eso de andar tan callado no es muy normal en mí.

Porque vaya, una de las cosas que nunca hay que hacer en una ruta es enfadarse, y cuando estás cansado al final de la etapa sueles ponerte susceptible, y servidor combate la “susceptibilidad por agotamiento”, que es un estado mental que me acabo de inventar, con cháchara intrascendente. Que hablo mucho mientras camino, vaya.

Hoy no hacía falta el parloteo porque la ruta, por fin, por una vez, ha sido cortita y relajada. Hemos llegado a Izaba a tiempo para comer en la pensión Txiki, donde nos alojamos, e incluso nos da tiempo a echarnos un siestorro. Vaguear por la civilización durante la tarde tiene su encanto y a mí, que no conocía este pueblo, me ha sentado tan ricamente. Pagamos 96,60€ porque comemos, cenamos y dormimos. A esa cantidad debemos sumar los 9€ del desayuno enorme del camping de Zuriza.

Simón dice que han sido 17km, con +160m y -700m, en algo menos de cinco horas. Pues bueno, está bien, en plan relajado.

Y eso pensábamos, relajarnos, cuando se desatan a nuestro alrededor todos los males del mundo en forma de fiestas patronales. Las calles se llenan de gente de todas las edades bebiendo y pasándoselo bien, lo que significa, por lo general, que hacen mucho ruido. Me asusto un poco, porque servidor conoce muy bien este tipo de fiestas desde su lado escandaloso. Un altavoz se coloca estratégicamente bajo nuestra ventana y la pachanga se adueña de este bucólico y apacible pueblecito.

Las fiestas en los pueblos son iguales en todas partes, lo sé, pero uno no espera escuchar a todo volumen, en un pueblecito de Navarra, canciones como “torero, quiero ser torero”.

No sé, debe ser cosa de la globalización.

Así que nos pedimos una botella de vino en la cena, nos la terminamos como unos borrachuzos, nos ponemos tapones para los oídos, cerramos las ventanas con trapos para que amortigüen un poco mejor el ruido, nos tomamos relajantes en dosis indicadas para percherones adultos, y que sea lo que el torero quiera…

¡Lo que Dios quiera! Maldita canción, ahora me pasaré el día tarareándola.   

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