Reseña día 3 Espolla – La Junquera: La dura vida de la frontera

A las seis de la mañana ya estamos con las mochilas al hombro; así de madrugadores son los aguerridos transpireneistas.

En Espolla, antes de abandonar el pueblo, puedes ver un dolmen en una plaza. Se llama la Plaza del Dolmen, porque allí son muy hospitalarios, pero poco originales. Si eres como yo, al que le gustan mucho estos chalecitos unifamiliares del Neolítico, no puedes dejar de visitarlo.

Desde Espolla, dirección Els Villars, que es donde se retoma el GR11, el camino es cómodo y está bien marcado, y al poco de abandonar el pueblo empieza a coger pendiente, no sea que uno se relaje y se apoltrone.

Nos esperan 700 metros de desnivel positivo muy alegres. Puedes aprovechar para visitar el dolmen de Les Morelles, que es muy chulo y está muy cerca del sendero, y además el siguiente dolmen que aparece indicado, el Dolmen d’Arreganyats, está más alejado del sendero. Doy fe.

A mí me gustan mucho estas cosas; a lo largo del GR11 se pasa por varios Dólmenes, Menhires, Crómlech y demás. No los visité todos, por supuesto, pero estos primeros días no pude resistir la tentación y paramos a ver unos cuantos… En este caso, Silvia se quedó en el camino mientras yo me acerqué a ver el Dolmen d’Arreganyats… Entre unas cosas y otras, que incluyeron un sobresalto por un animal que hacía un ruido muy poco tranquilizador entre unos arbustos y que me dio alas para volver corriendo tan rápido que me equivoqué de sendero y me perdí, tardé casi una hora. Nos esperaba un día largo, así que le prometí a Silvia, porque uno es consciente de las obligaciones que tiene con un compañero de viaje, que no volvería a perder tanto tiempo en un desvío de ese tipo.

No lo cumplí, claro.

Llegamos al Collado de Llosarda sobre las diez de la mañana. Ojo, que en la subida te puedes despistar porque se camina mucho rato por una pista que hay que dejar antes del collado, y ya sabes lo que pasa con las pistas, que te distraes charlando y arreglando el mundo y, como avanzas muy rápido, cuando te quieres dar cuenta, te has saltado el desvío.

Cuando vas por una pista es conveniente mirar el GPS de vez en cuando. Las marcas que indican el desvío por un sendero a veces no son muy evidentes, y tener que dar la vuelta y desandar lo andado, que suele ser un buen trecho porque por las pistas se camina rápido, sienta como que te den de patadas en el estómago cuando has comido legumbres. Desde ese día, cada vez que íbamos por una pista decíamos “hay que estar atentos, que luego hay que desviarse”, para que no nos volviera a suceder.

No nos funcionó, claro. Las pistas son el equivalente a las copas con sombrillitas y colores chillones en los bares de la costa: En cuanto las tomas, se te pone una sonrisilla estúpida y dejas de prestar atención a lo que pasa a tu alrededor.

Desde ahí se llanea un rato y se baja a Requesens… a base de pequeñas subidas y bajadas que acabarán pasando factura, pero el camino en general es fresco y muy bonito.

En Requesens hay un bar. Se pueden llenar las cantimploras, aunque los letreros dicen que el agua no es potable, que es lo que suele decir la gente cuando quieren decir que el agua no está tratada y que si te pones malo es cosa tuya. Con razón, ojo.

Se puede comer y, si duermes por allí, puedes cenar si avisas con tiempo y llegas a un acuerdo con la dueña, porque la cocina suele cerrar a media tarde. También hay un albergue y una casa rural. La mujer nos contó que hay una zona de acampada libre allí mismo, en un prado cercano, y poco antes de llegar a Requesens pasamos por un refugio libre… Creo que es el mejor lugar para acampar de esta etapa.

Allí hay un poco de cobertura para el móvil… Poca, pero hay.

Cerca de Requesens hay un castillo que se llama, obviamente, Castillo de Requesens. Nosotros no pasamos por allí y es una pena, porque tiene pinta de ser muy bonito. Unos días más tarde, un tipo nos dijo que había vivaqueado en el castillo y que había dormido muy bien. Yo creo que, teniendo el área de acampada libre, el refugio y el restaurante en Requesens, resultará más cómodo dormir allí, pero no puedo asegurarlo.

Nota importante: Requesens consta, básicamente, del restaurante, una granja y un montón de vacas. No hay nada más. El restaurante se llama “La Cantina”. En la web castellderequesens.cat tienes más información. Te digo esto porque yo pensaba que Requesens era un pueblo y, en fin, llegar allí con expectativas resulta algo desmoralizador.

A partir de ahí, el sendero se convierte en una sartén de guisantes con cebolla. Nosotros somos la cebolla.

Primero hay una subida por pista de 4km sin una triste sombra, la típica pista de polvo y arena. Luego se llanea entre matojos y zarzas que te dejan las piernas como si hubieras cortado las uñas a toda una familia de gatos, casi sin ver el sendero y tirando de GPS y de intuición, y luego bajarás a La Junquera por un sendero reseco al que sólo le falta un puesto ambulante de venta de polvorones para que tu garganta se cierre como cuenta bancaria a final de mes.

En total, en realidad sólo poco más de tres horas desde Requesens a La Junquera, pero se hacen muy pesadas.

Una hora antes de finalizar hay una ermita con una fuente de agua muy rica, que hay que decirlo todo. Sirve, además de para refrescarse, para limpiarse los lagrimones que te han caído al empezar la bajada. Llegar a ella es una bendición.

Y al poco de abandonar la ermita, te encuentras con las hermosas vistas de las autovías y los camiones, el tráfico y el ruido: la naturaleza en todo su esplendor. Llegar a La Junquera por senderos es un poco triste.

El GPS, al que he decidido llamar Simón[1], dice que hemos hecho 30km, +1.150m y -1.100m, incluida la visita al dolmen. Hemos tardado en total 10 horas y media, pero hemos parado como si fuéramos de tiendas y así se pierde mucho tiempo.

Un truco importante: Si llevas GPS, marca en el track la dirección del lugar donde vas a alojarte. O bien, cuando lo estés preparando en tu casa, termina el track y comienza el siguiente desde ese punto… De ese modo, al llegar a los pueblos podrás ir directamente al lugar donde vas a dormir, que como se suele llegar cansado, se agradece mucho, y por las mañanas ahorrarás tiempo.

En fin… dormimos en la pensión Marfil, 42€ la habitación, y cerca del inicio de la ruta del día siguiente. En el bar que hay junto a la pensión, puedes tomar dos tercios de Voll Damm por 4€, que es lo que le da categoría al lugar.

Llegar a la Junquera fue terrible. Creo que fue uno de los días en los que peor lo pasamos de toda la ruta. La subida por pista desde Requesens, con el calor del mediodía, no fue nada comparado con caminar el siguiente tramo entre arbustos crecidos que invadían el camino y lomas negras y cenicientas por algún incendio, que te dejaban el cuerpo y el ánimo por los suelos.

Por eso, cuando llegamos a la pensión, después de ducharnos y lavar la ropa, salimos a la calle a tomar una cerveza, y nos sorprendió encontrarnos tan descansados. El cuerpo se recupera rápido. “Tengo que acordarme de esto para no agobiarme en los días más largos de la ruta”, pensé, y me vino muy bien hacerlo.

La Junquera es una localidad de frontera, con todo lo que ello conlleva. Un tipo nos preguntó que dónde nos alojábamos y, al responderle que habíamos reservado en la Pensión Marfil, nos dijo, textualmente “ah, muy bien, porque en el resto del pueblo sólo hay putas y camioneros”. A mí me hizo gracia esa frase y, cuando me cruzaba con alguien, pensaba “ese no tiene pinta de camionero, así que…”. Pero no decía nada en voz alta, porque Silvia ya piensa que soy vulgar y soez como piropo de… de camionero vaya, y no es plan de confirmar sus sospechas. Que ninguna señorita de afecto negociable se ofenda, por favor. Es una broma. 

[1] Por el juego de “Simón dice”, ya sabes. No confundir con el juguete “Simón”, que era ese artefacto del demonio, redondo y dividido en cuatro cuadrantes de colores que se iluminaban, y que consistía en poner a prueba la capacidad de frustración de los niños.

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