Reseña día 29 Arlet –Linza: La madre de todas las pedreras incómodas y feas

Linza es un refugio muy chulo y bien equipado al que se puede llegar en coche. Forma parte de la Senda de Camille y está a cinco kilómetros por carretera de Zuriza, que es el Camping donde se retoma el GR11.

¿Y por qué vamos a Linza en vez de a Zuriza? Porque la etapa de hoy es bastante larga y puñetera, y con llegar a Linza ya tendremos suficiente.

Hay tres opciones: si tienes tiempo, puedes dividir esta etapa en dos, como hace la Senda de Camille, y hacer Arlet-Lescun-Linza en dos días. Lescun, además, es un pueblecito francés de Pirineos, ya sabes, pequeño y bucólico, con risueñas jovencitas, ovejas peludas y cañas a un precio razonable.

Otra opción es bajar a Güarrinza y subir hasta Linza por Selva de Oza, en plan “que se aparten las vacas que yo tiro recto”, siguiendo un sendero desde Arlet a Linza que sube y baja y que está más o menos indicado. Eso se ve mejor en un mapa, que yo me explico fatal.

Y la tercera opción, la más birriosa, es la que hemos hecho nosotros; ahora verás por qué.

Salimos dirección Puerto de lo Palo. Aquí hay un mar de nubes día sí, día también, pero para pillarlo chulo tienes que madrugar. Si eres de los que espera a la última hora del desayuno y luego prepara la mochila, más que un mar de nubes vas a ver charcos de nubecillas, así que madruga y deja el remolonear para otros momentos menos importantes, lejos de la montaña, por ejemplo, cuando estás en tu casa y toca limpieza general.

Salimos con las primeras luces, y el espectáculo que vemos es impresionante. El camino entre Arlet y el puerto me encanta, es como si volaras sobre las alas de los cuervos que pasan junto a nosotros, y a veces muy, muy abajo. Las vistas y los paisajes, como los mares de nubes, que son efímeros, me ponen un poco triste. A veces no los fotografío. Las cámaras y mi memoria no hacen justicia, y me consuelo pensando que este paisaje siempre estará aquí, en este instante del tiempo. Aunque yo no sepa cómo volver a él, seguro que el paisaje recuerda mis emociones.

Lo admito, me he puesto sentimental. Pienso en ese día, madrugar en Arlet, el mar de nubes, el sol que comienza a calentar y la sensación de formar parte de un momento mágico, y me pongo tonto. La meditación, la filosofía, el asombro ante el Universo y esas ideas tan grandes, debieron nacer cuando alguien contemplaba el amanecer desde una montaña. Las ideas urbanas son más pequeñas, del tipo “si meto un trozo de salchicha entre dos panecillos, me ahorro tener que darle un plato al cliente”, o “la genta aparca su coche en la ciudad, vamos a cobrar por ello”. No hay color.

Silvia me mete prisa, porque me aceporro cosa mala con las nubes, los caballos galopando libres y las aves que nos sobrevuelan, y se me pasa el tiempo. Llegamos al puerto de Lo Palo y empezamos a bajar para tomar un camino que nos lleve al Ibón de Acherito, que sí, que es otro Ibón más, pero que tenemos muchas ganas de verlo.

Llegamos por un sendero bien marcado, después de una subida que nos recuerda que nuestras piernas necesitan descanso. Los músculos empiezan a estar cargados y las plantas de mis pies, a pesar de los tratamientos, estiramientos y masajes, están manteniéndose por fuerza de voluntad, las pobres. Cuando terminemos la ruta llamaré a mi masajista y, cuando me vea, lo más probable es que me mande a freír espárragos.

O a hacerlos a la plancha[1], más bien, porque además de masajista, también es dietista.

El caso es que alcanzamos el Ibón de Acherito por un sendero bien marcado y, la verdad, es un lago de un azul intenso y precioso. ¿Merece la pena el esfuerzo? Pues esto es como todo. Para nosotros sí, pero habrá gente que diga que es una tontería y que visto un Ibón, vistos todos.

Mandamos a esa gente a olerle el culo a una vaca, porque cada Ibón, bosque y montaña son diferentes, todos tienen su carácter y su encanto, y seguimos nuestro camino. A partir de aquí la cosa ya no está tan clara, y nos toca de nuevo ir con el GPS en la mano casi todo el rato para no liarnos.

Aquí comienza el infierno, el tostón y la madre del cordero que, por si alguien no lo sabe, es la oveja.

Llegamos hasta el fondo de un valle y tiramos por una pedrera que, según parece, se ubica por el Huerto de Acherito. Por supuesto, se nos ocurren muchos chistes malos acerca de lo incómoda que resulta la pedrera y que, sin duda, Acherito debió pasar mucho hambre, porque aquí no crecen ni los cardos. Subimos por una pedrera de las de bailar, ya sabes, un pasito adelante, dos pasitos atrás. La subes como buenamente puedes y llegas a un collado. Te asomas, te entran temblores, porque eso es vertical-vertical pero bien, y te alejas caminando hacia atrás un poco acongojado, buscando un sendero que se supone que está cerca.

Después de corretear un poco por aquí y por allá, intentando seguir el track que llevábamos metido en el GPS, pasamos de todo y seguimos nuestro instinto, que a veces es lo mejor. Bajamos por pedreras más o menos indicadas, guiándonos gracias a la orientación y la intuición de Silvia,  hasta conectar con la Senda de Camille que viene desde el Collado del Petrechema. Vemos las marcas de la Senda y nos dan ganas de llorar. ¡Aleluya! ¡Alegría! ¡Albricias, sean lo que sean esas cosas! ¡Ya estamos ubicados! Seguimos el sendero y en poco más de una hora nos plantamos en el refugio de Linza.

Simón, que se está despiporrando de nosotros por la cantidad de veces que nos hemos perdido, dice que hemos hecho 26km con +1.180m y -1750m, así a ojo (para que te fíes de su exactitud), en nueve horas y media. La verdad es que el terreno malo, las pedreras y la sensación de no saber muy bien si vas por el buen camino (sin GPS, no habíamos podido hacerlo ni-de-co-ña), resultan agotadores.

En el refugio se portan de cine con nosotros (y con todo el mundo). Tenemos duchas de agua caliente, jarras enormes de cerveza que acompañamos con los puñeteros quicos que llevo cargando en la mochila desde hace tres días, y cenamos un arroz con verduras y unas albóndigas de lentejas.  Estamos a punto de lamer los platos como si fuéramos peces limpiacristales, como los de los acuarios,  pero nos entra la vergüenza justo a tiempo. Está todo para relamerse y chupar el tenedor.

Es que, a ver, eso de “para chuparse los dedos” será si comes con los dedos, pero servidor está educado frente a un colegio de pago, y come con tenedor, cuchara y navaja de siete muelles, por si alguien se acerca a mi comida. Por eso chupo tenedores en vez de dedos. Pagamos 70€ por dormir, cenar, botella de vino y las cervezas dobles.

Charlamos un rato con la gente y nos vamos a la cama sin poner el despertador, porque mañana es un día corto y se prevén lluvias a primera hora de la mañana. Veremos a ver qué tal se nos da, pero necesitamos dormir un montón de horas seguidas y vamos a intentar batir un récord.

La variante por la pedrera infernal la sacamos del blog de Vaig a Peu. Varias parejas, que confiamos en que no se hayan divorciado después de recorrer esa etapa, la marcaron como alternativa entre Arlet-Linza, y la verdad es que no hay otra mejor. Así que muchas gracias, que no es culpa suya que nosotros nos liemos tanto y odiemos las pedreras.

[1] Los espárragos.

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