Reseña día 28 Candanchú – Arlet: Un reencuentro con Camille

Bueno, aquí hace falta una aclaración. El GR11, entre Candanchú y Zuriza, se casca una etapa de muchos kilómetros sin refugios guardados o pueblos en medio para descansar en una cama blanda y tomar una cena caliente, que es lo que buscamos nosotros. Se puede hacer un recorrido alternativo por los refugios de Lizara y Gabardito, pero nosotros hemos optado por una opción más al norte y que nos parece más atractiva: subir por los bosques de Sansanet, siguiendo la ruta de “La Senda de Camille” y cruzando la frontera a Francia hasta el refugio de Arlet. Al día siguiente, haremos un mix un poco raro para pasar por el Ibón de Acherito, que tenemos ganas de verlo, y luego enlazar de nuevo el GR11 en Zuriza.

En fin, que el día de hoy y el de mañana no irá por las marcas blancas y rojas del GR11, pero a cambio apañaremos la etapa y dormiremos en blando. Así de aplicaditos que somos. Además, yo estuve en el refugio de Arlet haciendo la senda que comentaba antes, hace algunos años, y me apetece repetir, porque tanto el refugio como el entorno me parecen una preciosidad.

Cuando salimos de Candanchú, a las seis y media de la mañana, notamos algo raro en el ambiente… Hace un calor espeso y un poco sofocante, y hay un olorcillo en el aire un poco resudado, como de gimnasio poco ventilado. O los basureros pasan por aquí sólo los días primos, o el barómetro está bajando como la bolsa cuando estornuda un banquero.

En fin, que empezamos contentos y radiantes como pequeños renacuajos[1], y también un poco acelerados porque no hay cosa que siente peor que aguantar un chaparrón porque has perdido el tiempo a lo bobo, colocando la mochila como si fuera una figura del Tetris y la cantimplora fuera la figurita roja y alargada que nunca aparecía cuando la necesitabas, que es lo que hago yo cada mañana.

Colocar la mochila, no jugar al Tetris.

Una curiosidad: hemos aprendido que los tubos de cartón de las patatas Pringles son estupendos para guardar las galletas antes de que se conviertan en migas de galletas. Y es una excusa estupenda para comprar patatas fritas (o lo que sea eso) de vez en cuando. Así que vamos pensando en galletas y patatas desde primera hora del día.

El camino pronto se interna en el bosque de Sansanet, que es una auténtica maravilla. La maravilla continúa mucho rato, y acabamos hasta el gorro de bosque porque nos perdemos un poco (en Francia no se marcan los senderos con pintura desde hace años, nos dijo un tipo, imagino que para conservar un poco mejor el terreno), y porque se sube y se baja bastante.

Después de bastante trote, comienza la última subida y la más larga. Conviene echar un ojo al perfil de la ruta antes de empezarla para no llevarse a engaños, que luego empezamos que si esto no se acaba nunca y que si patatín, patatero. La subida larga va por bosque y luego por unas laderas herbosas muy chulas con granjas donde venden queso, y se ven chicos de mofletes sonrosados, gente sana, cabañas rústicas y esas cosas que, en general, huelen bastante a vaca.

A esas alturas de la jornada nosotros llevamos ya un par de horas con las capas puestas, habiendo parado sólo una vez a beber agua y comer algunas galletas. El día se empieza a complicar y el aire amenaza con hacernos salir volando… Nos recuerda la tramontana de hace muchos, muchos kilómetros atrás, en Cap de Creus.

Bueno, vale, no es para tanto, ya sabes. En fin, no sé, sopla fuerte y resulta molesto. Estas cosas siempre se exageran un poco.

El caso es que seguimos andando hasta llegar al refugio porque, la verdad, parar a comer no apetece nada. Al final ha salido una “ruta corta” porque también hemos ido más rápido de lo habitual… Los últimos kilómetros por laderas herbosas son muy bonitos y me da rabia no haber tenido un mejor día para parar y disfrutarlos con más calma. Decimos que ha sido una jornada corta, pero consultemos al experto.

-Cuéntanos, Simón, ¿qué tal ha ido el día?

-Hola, Eduardo. Pues mira, habéis hecho 20,5km con +1.300m y -840m, es decir, una etapa estándar, y habéis tardado seis horas y media. Y eso ya descontando lo que os habéis perdido cuando no me habéis hecho caso y…

-Sí, sí, muchas gracias. Devolvemos la conexión al estudio.

Pues eso. No hay como el mal tiempo para acelerar. Y, por qué no decirlo, estamos cogiendo fondo y vamos más ligeritos que al principio.

En el refugio compartimos cena con gente de la Senda de Camille, que mañana tienen una etapa más corta que nosotros y que me dan mucha envidia. Cenamos fenomenal porque, a pesar de que no sabían al principio qué prepararnos (pensaban que sí tomamos huevos y queso), han salido del paso mejor que en muchos restaurantes y nos han preparado una sopa de legumbres, además de pasta y ensalada, y comemos como si no hubiera un mañana, porque estaba todo buenísimo. Ay, cómo se nota cuando la gente pone interés en su trabajo.

A las ocho y media nos encaramamos a las camas después de hacer cuentas con el refugio: 63,60€ por las cenas, las noches y dos cervezas bien ricas. No me gustan las literas, pero en los refugios es lo que toca, y las escaleras de este refugio son estrechas y empinadas. Bajar a hacer lo que uno tiene que hacer cuando ha bebido mucho agua en la cena se convierte en algo complicado…

El aire sopla más fuerte. Produce vibraciones en las paredes y en las camas, que a veces se mueven y parecen los sofás relajantes de los centros comerciales.

No tengo sueño. Estoy escribiendo esta reseña cuando tenía que estar intentando dormir. Mañana tenemos una etapa de las complicadas, larga y poco indicada…

Va a ser una noche larga. Esto también forma parte de las travesías en Pirineos y de las travesías en cualquier parte, en general, pero parece que luego no nos acordamos de contarlo y sólo recordamos las puestas de sol y la satisfacción de terminar la ruta.

Pues nada, a intentar dormir. Por si acaso el viento arrecia, creo que voy a atarme a la pared con una cuerda.

Arlet es un refugio de montaña francés y auténtico. No tiene duchas, pero sí un aseo donde lavarte un poco y, si no hace frío, te puedes bañar en el lago. Los guardas son gente muy amable, competente y seria. Los españoles que nos reunimos allí formamos un grupo muy ruidoso pero, eso sí, se terminan las cenas y antes de que se haga de noche estamos todos en nuestras literas y guardando silencio, que una cosa es alzar la voz en la cena y otra privar a la gente de su descanso. De eso se ocupan los ronquidos de todo el mundo, que esas orquestas son internacionales. Los tapones para los oídos son un pedazo de invento. Lo sé bien, que yo también ronco cosa mala.

[1] Referencia a una canción de Golpes Bajos. Soy así de viejo.

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