Reseña día 25 Bujaruelo – Bachimaña: Cuevas, conductos y el baile que no pare

El día pensábamos que iba a ser largo y fatigoso y fíjate, no nos hemos equivocado. Hay que fastidiarse. Todos los días Simón nos dice más kilómetros de los previstos, nunca sucede al revés.

Empezamos de la forma habitual, levantándonos a las cinco y media en el refugio de Bujaruelo después de una noche larga, porque el silencio no se exige hasta las once de la noche y, entre que es viernes y la gente llega tarde (es lo que tienen los refugios a los que se puede acceder con coche) y que las camas crujen más que los colchones de una pareja de enamorados, dormimos bastante poco.

También puede influir el pedazo de cena que nos hemos cascado a base de garbanzos con espinacas y pisto, que en este sitio se come súper bien y te atienden con una sonrisa a pesar de lo fritos que debemos tenerles los clientes, entre unas tonterías y otras, y eso siempre se agradece.

En fin, que madrugamos y empezamos a caminar en ayunas, como unos campeones, para machacar bien al cuerpo. Cualquier día, mi dietista me borra de su lista de contactos y hace como que no me conoce.

El valle de Ara se empieza más o menos por una pista, que a primera hora resulta un camino cómodo para entrar en calor, porque hace bastante frío. Luego ya se deja la pista un poco por intuición, porque esta zona está marcada de forma muy curiosa, sin marcar los cruces o desvíos para darle un poco de sabor a la ruta, ya sabes, para no perder el espíritu aventurero.

Nos adentramos en el Valle de las Vacas. Esto es así: el Valle se llama como el río Ara, de acuerdo, pero les pertenece a esos bichos enormes con cuernos que te miran con cara de pocos amigos. Ellas hacen sus cosas por donde tú tienes que pasar, y lo saben. Ahí radica su poder.

Si los ríos bajan creciditos, como los políticos con mayoría absoluta, te tocará descalzarte y disfrutar del viscoso y terriblemente frío “fondo del río pirenaico”, que es lo que nos pasa a nosotros. Dicen que meter los pies en estos ríos te calma los dolores, pero es mentira. Lo que hace es insensibilizarlos.

Llegamos a los ibones de Batans. El Vignemale al fondo nos hace sentir muy pequeños e inseguros, pero esa sensación se nos pasa pronto, porque el Valle sigue y sigue que da gusto, y se hace más largo que un día sin chocolate.

Bueno, a ver, es que aguantar un día sin pan es fácil, pero pasarlo sin chocolate es otro tema.

Llegamos a los Ibones de Brazato, cansados como una mula cansada, doloridos y agotados, y no por los 1.200m de desnivel, sino porque el valle es precioso, vale, pero al final se hace un rollo.

En fin, desde ahí se puede bajar a Casa de Piedra y el Balneario de Panticosa, para después subir al refugio de Bachimaña, o bien se puede atajar por un sendero semi marcado que recorre en su mayor parte una canalización de agua. No es recomendable en caso de tormentas y similares, porque se ve que caen piedras y en algunos puntos está algo más expuesto que un sendero normal, pero es divertido y entretenido. Y raro. Siguiendo las tuberías de agua, entramos en dos ocasiones en unas cuevas en las que usamos el frontal para no darnos un coscorrón, y eso hace que la ruta resulte muy amena.

Simón sigue en su línea, que si vaya mantas que somos, que si hemos tardado diez horas para recorrer 23 tristes kilómetros con +1.500m y -630m, y ese tipo de cosas, pero ya pasamos de él porque es un pesado.

En el refugio comentan que a ver qué nos preparan de cenar, porque claro… Les decimos que cualquier cosa nos vale, que bastante hacen porque eso es un refugio, en fin, la conversación habitual. Hablamos un rato con el guarda, que es un hombre muy agradable y, como es habitual, conoce bien la zona. Nos cuenta diferentes variantes de la ruta de mañana y nos dice que tengamos cuidado con la nieve. Son palabras más normales que las que nos dijo un tipo del refugio al entrar, literalmente: “tardaréis dos o tres horas más de lo habitual, y eso si llegáis”. Ya sé que no parecemos aguerridos montañeros, pero de ahí a decirnos que “si llegamos”…

Cenamos macarrones con tomate y crema de calabacín, y tan agradecidos. Charlamos un rato con la gente y dormimos en habitaciones amplias y muy cómodas; la verdad es que este refugio es una pasada. Pagamos 47,40€ dormir y cenar, y 8€ por unas cañas (¡sí, cañas!) de medio litro riquísimas.

¿Que si nos asusta la etapa siguiente? No sé qué decirte. ¿Cree en Dios el Papa? Pues eso.

Entre el Refugio de Bachimaña y el refugio de Respomuso se pasa por uno de los puntos más delicados de toda la Transpirenaica: El Collado de Tebarray.

Este collado siempre acumula bastante nieve. Para superar los últimos metros hay que echar las manos y trepar un poco por cualquiera de los dos lados. Además, desde la vertiente de Respomuso, por donde vamos a bajar, la pendiente resulta un poco inclinada en algunos puntos. Si necesitábamos usar crampones y piolet en algún punto de la ruta, sería en ese collado. Era nuestro “punto negro”, la gran incógnita. De habernos encontrado mucha nieve al llegar a Bachimaña, nos habría tocado deshacer el camino y bajar hasta Panticosa, donde buscaríamos un transporte para llegar a Sallent de Gállego (lo teníamos todo estudiado). Pero no parecía que hubiera demasiada nieve, así que decidimos intentarlo…

El guarda nos dijo que, una semana antes, había estado helando por las noches, pero que los últimos días habían subido las temperaturas y la nieve estaría más blanda, así que podríamos probar suerte, si nuestras botas tenían buena suela. Yo miré la suela desgastada de mis zapatillas ligeras de trekking, me encomendé a los trasgos y trolls de las montañas, que son los que parten la pana por aquí, y guardé un respetuoso silencio.

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