Reseña día 17 Espot – Colomers: El cielo de los lagos de montaña

El refugio de Colomers me da miedo, mucho miedo. Estuve en el viejo refugio allá por el pleistoceno y ahora hay uno nuevo, más moderno y preparado, pero tengo tan mal recuerdo del antiguo que pensar en pasar allí la noche me da como repeluzno.

Pero para eso, para preocuparnos por cómo vamos a pasar la noche, antes hay que llegar hasta allí. Salimos a las seis y cuarto bien desayunados, porque en el Hotel Roya nos dejaron preparados unos bocatas y un termo con café, que agradecimos un montón. Los bocadillos los dejamos para comer durante la ruta y desayunamos unas galletas que compramos el día anterior en una tienda del pueblo. El buen montañero lleva galletas en la mochila, porque son como una llave inglesa para un mecánico o el pimentón para un cocinero, que te sacan de cualquier apuro.

Sí, yo le echo pimentón a todo, hasta a los postres, si me dejas.

El primer tramo de la etapa sube hasta el lago de Sant Maurici. No tiene pérdida, es muy cómodo y sirve para ir entrando en calor. El camino es bonito y también el lago, que es algo así como la estrella de rock de la zona, al que también puedes llegar con uno de los taxis todo terreno que están por todas partes, y que dan bastante rabia cuando te adelantan pero que, en fin, cumplen su función.

Por cierto, en el lago hay un WC seco, de esos que trabajan sin productos químicos y descomponen los residuos con bacterias. Cada vez que veo uno me gustan más.

A ver, no me gustan como para poner uno en mi casa, pero sí me parece una buena alternativa a la construcción de un aseo tradicional en un lugar natural masificado. Es decir, que para evitar el residuo humano, mejor esto que un WC químico con fosa séptica y ese tipo de cosas, que hay que explicarlo todo, cómo eres.

Desde allí, lo suyo es pasar por la cascada de Ratéra (sí, la tilde es rara pero se escribe así), aunque eso implique alejarse un pelín del GR. Es una cascada muy chula y te dan ganas de quitarte la ropa y meterte debajo en pelotas, como en los anuncios de Fa de los ochenta.

Ganas relativas, se entiende.

El sendero sigue y, ya dentro del parque nacional, uno se da cuenta de que aquí hay nivel. El sendero está cuidado con tablones, puentes y muchos carteles colocados en el orden correcto, primero el uno y luego el dos, ya sabes.

Esto no es ninguna broma… En otras partes del GR, a veces hay carteles que dicen “al pueblo, dos horas”, y un rato después “al pueblo, dos horas y media”, y con esas cosas se te pone una cara de tonto considerable. Aquí, los letreros dicen “al refugio, dos horas” y luego “al refugio, hora y media”, y uno piensa “bien, al menos aquí el tiempo transcurre en el sentido habitual”, porque por muy rápido que avances, tampoco es como para que te afecte la relatividad especial, ya sabes[1].

Según te acercas al lago y al Port de Ratéra, el sendero se va haciendo más natural, más piedra y barro de los de toda la vida. El puerto se hace de rogar, porque es de estos que piensas “ah, ya he llegado”, y entonces te encuentras con otro repecho, y luego otro. Pero se sube bastante bien y no es nada empinado, comparado con otros por los que hemos pasado.

En el Collado siempre sopla viento, claro, como en todos los collados. Es una marca de la casa.

Desde ahí se baja a uno de mis lagos favoritos de todo Pirineos, el Lac Obago, que tiene la forma de un fantasma gordo (que sí, tú fíjate bien) y cuyo nombre significa “lago oscuro” si no recuerdo mal. El sendero desciende y pasa junto al agua, pero está prohibido bañarse porque los senderistas tenemos fama de ducharnos poco; el sudor y el polvo acumulados durante una semana en un solo senderista puede acabar con el ecosistema de un lago entero.

Desde ahí, no hay más que seguir el sendero un rato, sin pérdidas ni despistes, hasta el lago de Colomers.

Cuando llegas al lago, pasas primero por el refugio antiguo, que parece abandonado y es una pena, la verdad. De ese refugio, en el que dormimos un par de veces cuando estaba activo, nunca olvidaré el servicio, que consistía en una cabina con un agujero en el suelo colocada encima del lago, y nadie que haya pasado por él lo olvidará tampoco. Es mejor no preguntar por los detalles, al menos si estás comiendo.

El refugio nuevo es otro tema. Tiene duchas con fichas, habitaciones muy apañadas y todo lo necesario para controlar a toda la marabunta de personas que llegamos aquí cada día, y los guardas son agradables, atentos y profesionales, a pesar de que esto es como una Apple Store el día de lanzamiento de un iPhone nuevo. Dormir y cenar nos sale por 77€, incluidas dos buenas cervezas.

La vida en los refugios tiene su gracia y hay que aprovecharla. Puedes hablar con la gente que está haciendo rutas similares a la tuya y aprovechar la información de primera mano, que siempre viene bien, y puede reírte con los gritos de las duchas, porque aunque se ha estropeado el agua caliente, nos duchamos igualmente, que aquí nos sentimos civilizados y somos todos muy limpitos.

Yo, por ejemplo, me voy a pagar una operación de implante de vello en la espalda vendiendo tapones para los oídos al personal. Los tapones son una moneda de cambio muy cotizada.

Nota curiosa: nos dan de cenar sopa, lentejas con verduras… ¡y seitán!, que es como una especie de filetes de trigo que es muy difícil encontrar en un restaurante que no sea vegetariano. El refugio está hasta las cejas de gente, pero estos detalles y que te atiendan con una sonrisa a pesar del jaleo que tienen, se agradecen un montón.

Así que se lo vamos a agradecer consumiendo unas cervezas. Es lo mínimo que podemos hacer por ellos.

Aquí voy a hacer un comentario un poco tonto. En nuestra misma mesa había una chica que, según nos dijo el camarero, era vegetariana y tenía el mismo menú que nosotros. Sin embargo, cuando me levanté a por la bandeja del segundo plato y le pregunté si la fuente de seitán era para los tres, nos dice que no, que ella de segundo plato se iba a zampar una trucha como quien no quiere la cosa. Eso hizo que nos cayera muy mal. Si nos estás leyendo, chica de alimentación confusa, ¡por favor, no digas que eres vegetariana! Me da igual lo que comas, no me malinterpretes, pero por culpa de gente como tú, cuando vamos a un lugar a comer nos preparan ensaladas con atún y nos ofrecen pescado. Porque tú dices que eres vegetariana cuando en realidad quieres decir que no comes “carne de animal terrestre” ¡Un vegetariano no come pescado! ¡Eso es como decir que no bebes alcohol mientras te tomas un vino! No vuelvas loco a los cocineros y no digas esas cosas, porque no ayudas nada a los que de verdad no comemos animales.

¡Ya está! ¡Ya lo he dicho! Me había prometido no hacerlo, pero… ¡No he podido evitarlo!

Además, el seitán que nos prepararon estaba riquísimo, seguro, seguro, que más rico que las truchas. Para que chinches y rabies.

[1] La Teoría de la Relatividad de Einstein es un tema de conversación fantástico para una ruta, porque para entender a la otra persona o para explicarte, necesitas toda tu atención y no piensas en el cansancio.

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