Reseña día 13 Arinsal – Valferrera: Cresta del Comapedrosa y bajada vertiginosa

Buenas tardes. Soy la doble personalidad de Eduardo y hoy voy a escribir yo la reseña, porque hay cosas que él no está contando y esto no puede ser.

Salieron de Arinsal después de desayunar un zumo y un omeprazol, porque se habían levantado con el estómago tonto. La ruta del día anterior y la dieta a base de pasta les estaba pasando factura, así que comenzaron a subir por un bosque en ayunas y con mal cuerpo, caminando por senderos bien marcados y con cierto desnivel, alejándose de las zonas urbanizadas y adentrándose de nuevo en montañas hasta llegar al refugio de Comapedrosa.

Allí conocieron La Luz Sagrada, la Divina Creación, la Zarza Ardiente, la Madre de todas las cosas buenas de la vida: Renacieron de sus cenizas y se convirtieron en personas nuevas.

Y es que allí se tomaron un café. El café  es el mejor invento de la humanidad, después de… de… después de nada. Es lo mejor y punto.

El refugio está ubicado en un entorno precioso, como la mayoría de los refugios. La guarda del refugio es una mujer muy amable, enamorada de su trabajo y del lugar, que es lo suyo, y eso hizo que el café fuera como maná caído del cielo, aunque en taza grande y con dos azucarillos. Salieron del refugio fuertes y animados.

Nota: Debo recordarle a la personalidad habitual de Eduardo que tiene que volver a este refugio y pasar una noche en él.

Desde allí subieron al Estany Negre, y en el collado siguiente se plantean dos caminos: bajar por unos lagos en los que hay algo de nieve donde sin duda tendrían que caminar por el hielo, que se rompería bajo su peso y acabarían congelados, o subir por la derecha hacia la cima que se perfilaba en la lejanía, aérea, peligrosa y empinada. Mirando la cima, Silvia, que es muy graciosa, dijo “podíamos subir al Comapedrosa por la cresta y así evitamos la nieve del lago que hay por la parte izquierda, porque total, vamos bien de tiempo”.

Y Eduardo, que a veces es medio bobo, respondió “ah, vale, guay”.

Pero vamos a ver, Eduardo, hijo mío, que tenemos vértigo, que las crestas no son lo nuestro, que le vamos a sumar un tiempo a la ruta, que al menos sabes nadar en el agua, pero a volar con la mochila puesta todavía no le has pillado el tranquillo más que hacia abajo… Pues nada, que vale, ea, por la cresta.

Ya imaginas lo que ocurrió, claro: Silvia iba la primera marcando el ritmo y silbando tonadillas como los enanos que van a la mina a trabajar, y Eduardo la intentaba seguir sin perder un pulmón por el camino. De acuerdo, admito que la cresta no tenía nada complicado (ni peligroso) y que las vistas desde la cima estaban muy bien, y que bordear un lago siempre es algo lento y trabajoso, así que quizá la opción de ir por la cima del Comapedrosa no suma tanto tiempo al total de la ruta… ¡Pero eso no se hace! ¡Una “cresta” nunca significa nada bueno! ¡Es algo afilado, empinado, lo más alto, lo más arriba! ¡Eduardo, por favor, que pareces nuevo!

Luego bajaron al Coll de Baiau, que es donde las dos vertientes se unen de nuevo en el camino principal y, ¿sabes eso que dicen de que el GR11 va siempre por sitios fáciles? Bueno, pues en la primera parte de la bajada del collado es mejor tirarse al suelo un par de veces de forma voluntaria para ir ganando tiempo, porque total, te vas a caer de todos modos. Eso es inclinación, pendiente, cuesta y pedrera, todo a la vez.

A esas alturas, más o menos, se encontraron con un chaval jovencito, guipuzcoano él, sonrosado y alegre, que bajaba casi corriendo y que les preguntó si le faltaba mucho para llegar a Andorra. A juzgar por el ritmo que llevaba y la sonrisa que parecía decir “que bonito es todo esto”, tenía que tener ascendencia nepalí, por lo menos, dijeran lo que dijeran las ikurriñas de su mochila. Charlaron un rato y Eduardo se prometió ser como ese chico cuando vuelva a ser joven.

Desde ahí, a saltos, trompicones y culadas, se baja al Estany de Baiau, pisando algunos neveros por la cosilla de sentirse montañeros, y desde allí el sendero no hace más que bajar, bajar y bajar para luego subir un poco al refugio de Valferrera.

Simón insiste en que han sido 20km con +1.700m y -1.200 a lo largo de diez horas y media, pero a mí se me ha hecho mucho más pesado.

¿Y sabes lo más gracioso? Que la siguiente etapa va a ser peor que ésta y ellos no lo saben. Pero no les pienso decir nada, por martirizarme de este modo. Que se fastidien.

El Comapedrosa es una cima que, sin nieve y por la vertiente que ha narrado mi doble personalidad, es asequible y tiene unas vistas fantásticas. Es una cima que visita bastante gente, por lo que pudimos comprobar, y si estás en la zona merece la pena hacer el paseo. Si estás haciendo el GR11 como nosotros, el paso incómodo, que es bajar desde el Collado de Baiau hasta el lago con el mismo nombre, es inevitable vayas por donde vayas, así que de ese modo al menos te das el gustazo y disfrutas más de las vistas.

Del refugio de Valferrera no vamos a quejarnos. Las malas lenguas dicen que sólo con la cantidad de gente que duerme en él para subir a la Pica d’Stats, la cima más alta de Cataluña, ya se gana dinero suficiente como para ir tirando y, por lo tanto, si los usuarios se quejan de la relación calidad/precio de las cenas, por ejemplo, a la larga les da igual a los responsables.

No es del todo cierto. 

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