Reseña día 12 Encamp – Arinsal: Montañas de ensueño y pueblos raros, raros

Después de descansar todo un día, de recuperarnos más o menos a base de verduras y pasta, pero poca legumbre, que es lo que nos apetece, seguimos la ruta con ganas, emoción y mucho sueño. Esto de acostarnos con horario infantil es complicado pero, si no estás durmiendo sobre las diez de la noche, al día siguiente te va a dar la risa cuando suene el despertador a las cinco o cinco y media, que es lo que me pasa a mí todas las mañanas, que me dan ganas de reírme de lo mucho que me gusta madrugar.

En fin.

Empezamos a andar a las seis, como es menester. Salimos de Encamp y al poco empieza la subida, bien marcada, como todos los senderos andorranos, y bien pronunciada, que se note que aquí hay montañas de las de verdad, de las de toda la vida de Dios. Yo entiendo que si el GR11 transcurriera por la meseta de Valladolid, pues quizá no tendría tanta gracia, pero que tampoco hay que pasarse, digo yo mientras sudo la gota gorda.

Subimos por un sendero de generosa pronunciación, como digo, hasta el Coll d’ Ordino, donde nos cruzamos con una carretera y un parking, porque la gente viene hasta aquí en coche y se sube, por ejemplo, el Pic de Casamanya, que es bonito y con buenas vistas, como nos explican unas chicas acompañadas de dos perros muy majos, que nos hacen compañía mientras nos comemos una manzana.

Otro inciso: en Andorra hemos comprobado que mucha gente pasea con su perro por el monte, todos muy bien educados, por cierto. Los perros, digo. Los amos también, vaya, pero ahora estamos hablando de perros. Es bonito y nos preguntamos por qué en otras zonas está prohibido, tanto en territorio francés como español… Pero conociendo la tendencia de las personas a ser incívicas, imaginamos que en zonas con mucho tránsito o parques naturales será complicado regular este tema, porque a veces somos unos maleducados y pensamos que las normas están para que las cumplan los demás, sobre todo en lo que se refiere a nuestros perros, hijos y coches. Tal cual.

Sigamos… Ignoramos la carretera y bajamos por un sendero y atención, que aquí hay truco. Quince minutos antes del pueblo de Ordino, se puede uno desviar de la bajada y seguir el GR, pasar por un mirador, subir un trecho y luego bajar al pueblo de Arans… o bien se puede seguir  recto, bajar a Ordino y caminar por carretera hasta Arans. Esta última opción es menos bonita y montañera, sin duda, pero te permite conocer Ordino, que es un pueblo muy chulo, pasar por delante de alguna curiosidad, como el Museo de Miniaturas, y lo más importarte, te ahorras como 300m de desnivel positivo y negativo, que siempre se agradece y más en una etapa con desniveles fuertes.

Esto, en escalada, se conoce como “bailarse una vía”, que significa que te has salido del camino marcado y has tirado por uno más fácil…

En nuestro caso, con este desvío se puede decir que nos hemos “bailado la etapa”. Pero hemos parado a comer el bocata en una fuente junto a la carretera y nos ha sentado muy bien, que eso de sentarse para comer, aunque sea en un banco de la calle, le hace a uno sentirse civilizado.

Pero ojo, que el día sigue. Desde Arans subimos al Coll de les Cases por una subida empinada de esas que es mejor subir que bajar, y bajamos por otra igual, con cuidado de no resbalar porque tiene su aquel.

Llegamos a Arinsal antes de lo previsto… Claro, con el bailoteo hemos ganado una hora. Simón dice que han sido 19 km, +1.500m y -1.300m, en ocho horas y poco.

Nos alojamos en el Hotel Comapedrosa, pero no tienen abierto el restaurante y, después de la ducha, masaje y estiramientos de rigor, hay que salir a tomar unas cervezas y mirar los menús de la zona. ¡Qué duro es esto a veces!

Arinsal es un pueblo raro, raro. Igual que Ordino nos pareció interesante y acogedor, Arinsal nos da un poco de repeluzno. Hay muchos pubs orientados al bebedor inglés de vacaciones, como demuestran los carteles de “hora feliz de 5 a 6 a.m.”, porque a las cinco de la mañana es cuando llega el último autobús de Andorra La Vella. Ya ves qué cosas…

Bueno, lo admito, de acuerdo. No nos llevamos buena impresión del pueblo porque en el Hotel Comapedrosa  donde se supone que teníamos pactada la cena,.. pues al parecer no era así. Estábamos todavía en temporada baja y no había servicio de restaurante, así que nos tocó dar vueltas por el pueblo. Muchos locales estaban cerrados y no sabíamos si abrirían más tarde, o eran de los que estaban activos sólo en temporada alta. En un burguer que anunciaban hamburguesas vegetales nos dijeron que no, que lo de la opción vegetariana no la tenían, que es como decir es que la carta de fuera es un reclamo a ver si cuela”. También preguntamos en una pizzería, y la camarera nos dijo que quizá podrían hacernos una ensalada, en fin, en plan por atendernos y no dejarnos pasar hambre, pero que todo lo demás llevaba carne. Tal cual. Hasta la pizza vegetal. De preparar pasta ni hablamos.

Hasta un adolescente, cuando sus padres se marchan de vacaciones y prepara su primera cita íntima, sabe cocinar algo mejor que las opciones que nos dieron en esos dos sitios. Negociar las cenas es agotador. 

Al final cenamos en El Surf, un restaurante asador argentino donde no tuvieron problemas en apañar un plato de pasta con una salsa sin carne y una buena ensalada con un poco de todo. Fueron simpáticos y atentos, y se lo agradecimos con una sonrisa y una propina. Las dos cervezas de la cena cada uno, acompañadas de un relajante muscular, nos hicieron dormir como marqueses. Pagamos 48€ en el hotel y 40€ en el asador, propina incluida.

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