Reseña día 11 Malniu – Encamp: La gestión de las energías en una etapa larga

El día va a ser largo, así que nos levantamos a las cinco y, a las cinco y media, ya estamos caminando, con los frontales encendidos porque no se ve ni torta. En los pueblos se puede caminar a esas horas sin luces y no te das cuenta de lo oscuro que está todo, pero en medio de la montaña es distinto y hasta las seis es mejor iluminar lo que tienes delante para no tropezar o pisar las digestiones de las vacas, que las muy desconsideradas no se alejan de los senderos para hacer sus cosas.

Hasta que te ubicas en el camino te puedes liar un poco, pero una vez que te encarrilas está muy bien indicado. El sendero se comparte con la ruta de los Estanys Amagats hasta el refugio de la Illa (esa parte la conocemos porque recorrimos esa ruta hace unos años), y está marcada con puntos azules, además de las marcas habituales del GR11. Además, entramos ya en territorio andorrano y esa gente se toma las señalizaciones muy en serio. Vaya, que perderse es complicado.

Pero para nosotros no hay nada imposible y, como ya nos conocemos, yo voy mirando el GPS cada cinco minutos, por si acaso me lío en algún cruce y nos desviamos del track que tenemos marcado, que está el día como para perder el tiempo.

La previsión del servicio meteorológico es que lloverá hacia la tarde, así que intentamos no parar mucho. Sacamos fotos sobre la marcha y no paramos casi ni a beber agua, sobre todo porque el agua que cogimos ayer en el refugio sabe un poco a rayos.

Pasamos por la Portella d’Engorgs, a 2.700m, donde queda un poco de nieve que se puede esquivar fácilmente, pero que la cruzamos haciendo un poco de huella para sentirnos más montañeros. ¡Es la primera vez que pisamos la nieve! Ya nos hartaremos, ya…

Cerca de la cabaña de Esparvers vemos un letrero gracioso: a Cap de Creus, 233 km. Mira tú por dónde, y parece que fue ayer cuando comenzamos a andar en el mar.

Llegamos al refugio de La Illa más o menos a las doce, así que hemos tardado seis horas y media desde el Malniu. Está en obras porque lo van a convertir en un refugio guardado, y eso simplificará las rutas que pasan por la zona. Junto al refugio hay una fuente, un lago y sólo faltan unos niños correteando por ahí para que sea una escena bucólica total. En vez de eso, tenemos a los obreros trabajando con sus cascos y sus monos de obra.

Una pausa publicitaria: Antes comentaba que esta parte de la etapa, desde Malniu hasta La Illa, se comparte con la ruta de los Estanys Amagats. Esa ruta consiste en un recorrido que se puede realizar a lo largo de varios días durmiendo en refugios, igual que otros recorridos más famosos como Carros de Foc o Cavalls del Vent.

Estanys Amagats, sin embargo, tenía el inconveniente de que debías pasar una noche en un refugio libre, precisamente éste refugio de La Illa, lo que obligaba a cargar con saco de dormir durante todos los días para usarlo tan sólo una noche. Convertirlo en un refugio guardado espero que le dé un impulso a la ruta, porque cuando la recorrimos me pareció muy bonita, no demasiado exigente y fantástica para alguien que quiera disfrutar de la experiencia de este tipo de rutas sin machacarse en el intento.

Y ahora, continuamos con nuestra programación. Acabábamos de llegar a La Illa y recordamos una de las razones por las que los refugios guardados son un mal menor para el medio ambiente.

¿Qué ocurre en un refugio libre como éste? Que la gente, cuando pasa aquí la noche, hace caca donde puede sin alejarse mucho, porque tampoco hay muchos rincones donde esconderse y, cuando sientes la llamada de la naturaleza a según qué horas, no te apetece dar muchas vueltas. Recuerdo que la parte de atrás del refugio, cuando vinimos hace unos años, era muy desagradable. Cualquiera que haya pasado por el refugio de Tucarroya, por poner otro ejemplo, sabe a lo que me refiero… No lo describo porque ya te lo puedes imaginar. Que el refugio sea guardado, al menos, evitará este tipo de cosas porque los residuos se gestionarán o se procesarán de algún modo, digo yo, aunque supongo que tendrá otras consecuencias negativas para el medio que yo desconozco… En fin, cambiamos la montaña con nuestra presencia, y esto es lo que hay.

Como el cielo se cubre que da gusto, comemos un par de galletas y salimos escopetados sin entretenernos, a ver si nos adelantamos a la lluvia. Tengo un tobillo tocado que se está inflamando un poco y me hace parar cada cierto tiempo, así que invoco al Dios de los Antiinflamatorios y me concede un Diclofenaco, que algo ayuda.

El camino desde aquí está bien señalizado y, quitando algún trozo pequeño, es bastante tendido y cómodo. La lluvia es más rápida que nosotros, de todos modos, y nos alcanza al cabo de un rato, lo que nos obliga a colocar los cubremochilas y sacar las capas de agua, que ya sabemos lo que es esto y, cuando cae con fuerza durante horas, las prendas impermeables y las protecciones para las mochilas no tienen nada que hacer frente a una buena capa de jorobado. Nos empezamos a mojar de lo lindo, lo que hace que caminemos más despacio porque las piedras y las raíces resbalan como los pies de un Santo y hay que ir con cuidado.

En la cabaña de Fontverd charlamos con una pareja de ingleses que estaban terminando la Transpirenaica en sentido inverso a nosotros, con alguna variación por la nieve, con tienda, y con cincuenta y bastantes años. Y tan anchos que estaban, que parecía que no les dolía nada.

Luego te contaré una historia interesante de esta pareja. Es una tontería que a nosotros nos llamó mucho la atención y te va a gustar. Pero espera a que termine con la descripción de esta jornada, que es muy larga. La jornada, no la descripción.

En un momento dado, vemos un desvío a un sendero muy chulo que indica que lleva al Coll Jovell. Lo miramos y remiramos durante un rato en el mapa y tiene buena pinta, así que nos desviamos y vemos que, efectivamente, es un sendero muy bonito, muy bien conservado y cuidado que nos ahorra unos cien metros de subida y de bajada, así a ojo. Qué majo.

Ya por fin, llegamos a las inmediaciones de Encamp, a la pista del Estany d’Engolasters que no podemos visitar porque está cayendo la lluvia con fuerza de nuevo, y cuando estás cansado es un fastidio. Desde ahí tomamos un sendero de piedras resbaladizas hasta el pueblo. Llevamos puestas las capas (capas, no ponchos, recuerda), y tenemos pinta de caracoles, que esos también salen de paseo con la lluvia.

¡Pueblo! ¡Por fin! Desde que pasamos por las primeras casas tardamos casi media hora más en llegar al Hotel Mila, donde nos alojamos. Nada más llegar, apago el GPS. Han sido 33km, +1.398m y -2.170m, que digo yo que ya podía haberlo apagado después de subir un par de metros más para que quedara una cifra redonda. Son las seis de la tarde, así que hemos estado de juerga durante doce horas y media. Viva y bravo.

El día siguiente toca descansar, que así está programado y nos lo hemos ganado. Nos acercamos a Andorra la Vella usando un servicio de autobuses bastante bien organizado que, por lo que leemos, se puede utilizar para hacer rutas en el día de forma muy cómoda. Un tipo que conocimos unos días más tarde nos dijo que, en Andorra, el turismo centrado en “ir de compras” está disminuyendo desde hace años, pero que cada vez reciben más turistas que se acercan buscando un turismo más natural, atraídos por el entorno de ríos y montañas y no por las tiendas. El hecho es que se da mucha importancia a las señalizaciones y conservación de los senderos, así como a los transportes que faciliten las actividades de este tipo de turista, más de mochila, bicicleta y cámara de fotos, que de maletero grande para llenarlo de licor y tabaco en plan “Vamos a Andorra, ¿quieres que te traigamos dos cartones de Marlboro?”. Eso último es de carcas, puretas y viejunos, y ya no se lleva.

Nos dejamos 166€ en el Hotel Mila por dos días en media pensión. De postre tienen unas ciruelas con armañac, que es una especie de licor, que te ayudan a dormir como un bebé.

Andorra La Vella, lo que es la ciudad, sin embargo, sigue siendo un inmenso centro comercial lleno de tiendas, tiendas y más tiendas. Nos damos un paseo y compramos un spray para impermeabilizar el calzado, porque el goretex de las zapatillas nos está fallando, y no tiene nada que hacer frente al rocío en un prado de hierba alta o ante una buena tormenta. Comemos en un restaurante asiático y nos marchamos sin ver ni siquiera el casco viejo de la ciudad, que teniendo en cuenta el carácter consumista de sus calles, nos imaginábamos que sería algo así como un barrio de tiendas, como el resto, pero de tiendas más antiguas, donde todavía se podría encontrar un Galerías Preciados que te venda una mochila Serval o unas botas Kamet de cuero.

Y si has pillado mis referencias, eres tan viejuno como yo.

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