Reseña día 10 Puigcerdá – Malniu: Bosque, lluvia y una cena maravillosa

Después de la paliza que nos dimos ayer, hoy no tenemos ganas de madrugar mucho y, además, esta etapa es corta y cómoda. Nos levantamos a las seis y media y empezamos a andar cuando todo el  pueblo ya se ha despertado, sobre las siete y algo, y resulta un poco raro porque estos días atrás, cuando salíamos, no estaban despiertos ni los gallos. Sólo llevamos una pequeña parte del recorrido y no madrugar ya nos parece raro.

Las marcas de GR, de nuevo, más que verlas nos las imaginamos, así que toca caminar de nuevo con los bastones en una mano y el GPS en la otra, moviéndolo mientras camino como si fuera un zahorí buscando agua, lo que además de ser incómodo, me hace sentir ridículo y muy poco montañero, pero esto es lo que hay.

Pasamos por el pueblo de Guils de Cerdanya, pequeño y agradable, y paramos en un bar que está en el mismo camino y en el que desayunamos tan ricamente y sin prisas. Es un pueblo bonito y un buen lugar donde parar. Hay un grupo de personas que parece que se alojan en él, y pienso, como la mitad de los días, que sería bonito venir aquí a descansar y dar paseos por la zona. Nos tratan fenomenal y el desayuno nos pone las pilas.

Digo eso porque, justo aquí, el GPS empieza a agonizar, así que cambio las pilas y se ofrecen amablemente a quedarse con las viejas para tirarlas a un contenedor apropiado. No es que sean un peso extra, pero empezar el día con la mochila colocada, limpia y sin basura me hace sentir bien, cómodo y limpito. Soy así de maniático.

Por cierto,  son ya las nueve de la mañana y unos albañiles de la zona están almorzando unos bocadillos de panceta king-size de más de media barra, junto a unos extranjeros de vacaciones con sus desayunos de primero, segundo y postre. Muy pintoresco.

A partir de ahí, el camino empieza a subir y es importante no hacer caso de las señales, que una dice “a Malniu 1,15 horas” y al cabo de un rato te encuentras otra que dice “a Malniu 2 horas”, tal cual, y te da mucho la risa porque, además de calcular al revés, esos tiempos son como las promesas electorales: si se cumplen, será por pura coincidencia, porque cada cartel debe estar calculado por un tipo diferente.

El camino medio se sigue, medio se intuye, pero en general se lleva muy bien. Pasamos por prados verdes y brillantes, llenos de vida y de insectos, y antes de llegar al refugio entramos en un bosque y nos encontramos al primer ejemplar de alaridón que vemos desde que empezamos a caminar en el Mediterráneo.

¿Y qué es ese animal? Te lo explico: La fauna de las montañas suele consistir en rebecos, diferentes aves, marmotas y alaridones. Estos últimos son unos animales curiosos que, mientras están caminando y sin razón aparente, se ponen a dar berridos y alaridos en mitad del monte, sin ningún sentido y sin decir nada relevante, con el único fin de escucharse a sí mismos. Suelen ir en grupos, por lo que, al gritar de ese modo estando cerca los unos de los otros, quizá tengan problemas de audición. Se cree que en su hábitat natural, que consiste en bares y discotecas, también actúan de forma parecida, pero nadie ha conseguido hacer un estudio serio sobre el tema.

El sonido que emiten es algo parecido a esto:

—EeeeEEHEEEoooOOOOEEEEEEooooo.

En fin, son bichos molestos, pero no hay que hacerles mucho caso.

El bosque es muy bonito y el camino muy evidente. El cielo lleva un tiempo cubierto y poco antes de llegar al refugio comienza a llover. Son cuatro gotas, pero cuando nos ponemos a cubierto, ya dentro del refugio, se convierten en cuatro millones. Ya sabía yo que, en vez de sandalias, tenía que haber metido unas botas de agua en la mochila. Mañana tenemos una jornada muy larga y, como no mejore el tiempo, vamos a terminar mojados y arrugados como el desayuno de los estreñidos: uvas pasas metidas en agua.

Hemos hecho algo más de quince kilómetros con unos desniveles de +1.130m y -160m, y hemos tardado cinco horas y media incluyendo las paradas a desayunar y demás. Es una jornada tranquila si la comparamos con la anterior y, ay, con la que nos espera mañana, que va a ser fina.

En el refugio hay algo de cobertura con alguna compañía, pero poco. También hay un lugar donde montar la tienda, más o menos por detrás, en una zona que te indican los guardas. La verdad es que son bastante enrollados.

Aquí pasan varias cosas curiosas. Una de ellas es que, junto al refugio, hay un grupo de adolescentes, muy numeroso, de algún colegio o algo similar, que cuando se desploma el cielo entran al refugio. El guarda habla con los responsables y, contra todo pronóstico, los niños se portan de cine, sin hacer más ruido del normal en esas circunstancias, dirigiéndose a la gente con amabilidad y pidiendo todo por favor. Qué cosas.

En lo más fuerte de la tormenta, entra un tipo calado hasta los huesos, con una mochila enorme y cara de estar paseando por la Gran Vía un día soleado. Pregunta dónde puede plantar la tienda, porque total, hace buen día. Lo dice en voz alta porque el ruido de la lluvia hace que casi no se le oiga.

—Te ha pillado una buena tormenta, ¿eh? —le dice uno de los guardas.

—Bueno, no es tanto —responde él—. Soy irlandés.

Y así, con la reina madre de todas las chulerías, conocimos a Patrick, un tipo simpático, fuerte, y malhablado como un conductor de mulas. Nos dijo que trabajaba en Puigcerdá, si no recuerdo mal, así que no debe ser extraño encontrarlo por la zona.

Cenamos unas verduras asadas, una ensalada y una fuente de garbanzos con verduras muy calientes, muy abundantes y muy ricos. Dormir, las cenas, unas cervezas, cargar los móviles y unos picnic enormes para el día siguiente nos sale por 76,50€. La atención de los guardas de los refugios, informándonos de las previsiones meteorológicas y dándonos alternativas para la ruta larga del día siguiente, como siempre, no tiene precio y nunca se la agradecemos lo suficiente.

Por la noche nos tomamos un relajante para dormir. La ruta de mañana va a ser muy larga y la previsión del tiempo no es buena… Estamos nerviosos y necesitamos descansar bien.     

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