Reseña día 1 Cap de Creus – Llança: El estimulante viento de la costa

Ir a Cap de Creus y no conocer la Tramontana es como entrar en un pub irlandés y pedir una cerveza sin alcohol. Te pierdes lo esencial.

La Tramontana es un viento que amenaza con derribarte cuando sopla con ganas, que lleva arena hasta rincones de tu cuerpo que, por pudor, no conoce casi nadie, y que te impide hablar, caminar con la espalda erguida o sacar una foto sujetando el móvil con una sola mano… Es un producto típico de por aquí y no conoces la zona si no te entran escalofríos cuando alguien dice “uy, con un poco de aire se está mucho más cómodo”.

En fin. Para empezar la ruta desde el principio, desde el propio cabo, nosotros dormimos en Llançá la noche anterior y, previamente, nos hemos puesto de acuerdo con un taxi para que nos recoja a las ocho y cuarto de la mañana y nos lleve al faro de Cap de Creus.

Es decir, que, en vez de ir a dormir a Cadaqués, por ejemplo, que es lo que suele hacer mucha gente, nosotros buscamos una pensión en Llança, que es la localidad donde terminó nuestra primera etapa, y reservamos en ella dos noches. De ese modo, pudimos dejar las mochilas con casi todo el peso en la habitación y recorrer la primera etapa con una mochila pequeña con lo necesario para el día: un bocadillo, agua, crema solar y ese tipo de cosas.

¿Y por qué a las ocho y cuarto de la mañana? Porque habíamos quedado a las ocho con unos amigos que vinieron desde Barcelona para compartir con nosotros la primera etapa y desearnos mucha suerte… Creo que, en el fondo, querían comprobar si estábamos bien de la cabeza o si no les estábamos engañando.

A veces pienso que nosotros éramos los únicos que creíamos que podíamos terminarlo.

A las nueve y media empezamos a andar. Queremos bajar al nivel del mar para recoger un poco de agua y llevarlo al Cantábrico, porque en el corazón de todo senderista hay un tontaina sensible, pero nos resulta imposible porque el aire sopla cada vez más fuerte y amenaza con tirarnos al suelo.

Así que comenzamos nuestra Transpirenaica encorvados, caminando muy deprisa y deseando alejarnos de la costa cuanto antes. Las marcas blancas y rojas están recién pintadas y, con un poco de atención, se siguen muy bien. Pasamos por las ruinas de un molino, que son un buen sitio para parar a almorzar porque está resguardado del puñetero viento, y en cuatro horas y media llegamos a Port de la Selva, que es más o menos la mitad del camino. Hasta aquí, dice el GPS, hemos recorrido unos 15km y +700m.

Bueno, pues para ser el primer día no vamos mal, pero claro, no llevamos apenas peso. El pueblo es muy turístico y marinero, que es lo que se suele decir de un pueblo lleno de restaurantes con letreros de mariscadas y paellas, pero aparte de eso es bastante bonito y el entorno está lleno de senderos muy sugerentes. Aquí paramos a comer en la pizzería La Timba, donde pagamos 26€ por una pizza, unas patatas, dos jarras bien hermosas de cerveza y dos cafés. El servicio y el local son muy buenos tirando a lujosos para nuestros estándares, así que el precio está bastante bien. Nos damos estos caprichos para compensar la falta de caprichos en los días futuros, porque estamos muy emocionados, pero también somos bastante pesimistas.

Para llegar a Llançá, el final de la etapa, desde aquí se puede subir al Monasterio de San Pere de Roda, que pinta estupendo y es lo que indican las guías oficiales, pero también se puede ir por la costa, por un paseo habilitado junto al mar que es muy bonito y con menos desnivel. Elegimos la costa por el “Paseo de Ronda” (GR92) porque, lo que es monte, nos da la sensación de que vamos a tener bastante estos días. Son unos ocho kilómetros y también hay desnivel que salvar, que entre cuestas y escaleras tampoco estás muy quieto, así que no es como para tomarse dos chupitos en la comida “porque la ruta ya está hecha”. Pero vaya, que es un paseo.

Aprovechamos para coger agua del mar, que aquí sí se puede, y pasamos por un faro, un par de playas y muchas casas de costa que sin duda fueron lujosas en su día, pero que están casi todas cerradas y algunas en mal estado, y se han convertido en el equivalente a los extras de una película de zombies.

Pensábamos en recoger un poco de agua de mar, guardarlo en un frasquito pequeño y llevarlo hasta el Cantábrico, pero no llegó hasta allí. Lo perdimos un día en un refugio, al cabo de un par de semanas, donde alguien, al encontrarlo, lo abrirá y pensará que pertenece a una persona con un gusto muy extraño para los perfumes.

Si no hubiera soplado tanto aire habríamos disfrutado mucho más de la etapa. A lo largo de todo el día hay cobertura para el móvil más o menos razonable, así que envío fotos a los amigos haciendo el tonto mientras me tropiezo por no mirar al suelo. Esto me pasa mucho y hay que contarlo, porque uno es como es.

Al llegar a Llançá, puedes seguir el Paseo para llegar hasta el puerto, o cruzar la carretera unas cuantas veces a lo loco, que es lo que hacemos nosotros para no bajar al mar y luego subir a la pensión donde nos alojamos, porque ya estamos un poco cansados.

Total, que con las paradas y demás, llegamos a destino en ocho horas, después de 23km y  +/-1000 metros de desnivel, y eso que parecía  que nos íbamos a librar de sudar…

En las rutas se suele hablar de “desnivel acumulado” cuando se suma el desnivel positivo, es decir, el que has recorrido mirando hacia arriba, sudando tinta y maldiciendo, o el desnivel negativo, que es el que recorres mirando hacia abajo con cuidado y bastones pensando “ay, ay, ay, que me voy a dar una culada”. Aquí los resumo diciendo “+/- 1000m” para referirme a mil metros de desnivel positivo y otros tantos negativos, por ejemplo.

También se habla de “desnivel acumulado positivo” cuando sumas todo lo que has subido en total, es decir, la suma de todas y cada una de las cuestas del día que conforman un perfil como de dientes de sierra, para entendernos. Esto es importante porque a veces nos fijamos en el punto de inicio y en el punto de destino, restamos la altura de uno a otro y listo, pensamos que ya tenemos el desnivel “positivo”.

A poco que lo pienses, verás que eso es una tontería como la copa de un pino (pirenaico) que te puede meter en un apuro y ojo, que lo he visto así reflejado en alguna reseña oficial en revistas serias, como comento en alguna etapa más adelante en la que +700 “teóricos” se convierten en más del doble cuando sumas todos los perfiles. Así que recuerda: nunca te fíes de los datos de “desnivel acumulado” que te damos los demás y compruébalos con un mapa antes de salir de casa. Tus piernas lo agradecerán.

Dormimos en la Pensión Llança, donde pagamos 70€ por día por habitación doble con baño en régimen de media pensión. Cambiamos los desayunos por unos picnic a base de bocadillos vegetales estupendos, fruta y botella de agua, y así podemos madrugar y empezar a andar pronto. El personal es agradable y las cenas muy ricas, a base de pasta y ensaladas.

Acabaríamos odiando profundamente las ensaladas y los macarrones por puro hartazgo.

¿No lo he dicho? Somos vegetarianos de los que no ponen “peros”[1] después de decir que son vegetarianos, es decir, que no comemos huevos ni lácteos (además de carne y pescado, claro). Esto nos traerá algún que otro problema en el futuro, como desarrollar una cierta intolerancia a la pasta blanca y un odio profundo a los bocadillos de lechuga.

[1] Decir “soy vegetariano pero como pescado”, por ejemplo, es como decir “soy abstemio pero me embolingo de vez en cuando”. Las etiquetas de las personas son como los nombres de las montañas: para conocerlas de verdad, son irrelevantes.

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