Reseña 37-38 Bera – Hondarribia – Cabo Higuer: Y una lágrima en la arena.

Lo tenemos claro: Esta última etapa no la vamos a realizar por el GR11, sino por la senda verde que une Bera con Irun. La distancia será parecida, pero los casi mil metros de desnivel del GR no nos apetecen nada, pero nada. No es porque estemos cansados del monte, es otra cosa…

Voy a poner un ejemplo: imagina a un gato que entra en una fábrica de ovillos de lana y se queda allí jugando toda la noche. Por la mañana le apetece seguir jugando, pero prefiere dormirse encima del montón más grande y mullido que encuentre.

Eso hacemos nosotros. Hemos reservado dos noches en una habitación en Hondarribia, que es como un buen ovillo de lana, y dos cenas en El Curry Verde, un restaurante vegetariano equivalente a un montón de ropa mullida recién planchada y colocada encima una cama. Vamos a tomárnoslo con calma y a disfrutarlo.

Salimos de Bera sobre las siete y algo, preguntando por la Senda Verde y sintiendo algo de pena cuando el camino se separa de las marcas del GR. La Senda es un camino muy cómodo y sin desniveles que transcurre por una antigua línea de ferrocarril, o algo parecido, siguiendo el Bidasoa.

No voy a engañar a nadie: la senda es chula y una opción muy cómoda si estás cansado o algo fastidiado, pero a veces va al lado de la carretera y a veces junto a un polígono industrial. Vamos, que monte, lo que se dice monte, mucho no se ve. Para los ciclistas debe estar muy bien, porque los hay a montones.

Durante el camino jugamos a recordar todas las etapas del GR, y me doy cuenta de que cada vez que pienso en una de ellas me vienen recuerdos nuevos: la gente de la cima del Comapedrosa, la pareja machista-racista-rara de narices que estaba tomando una cerveza en Conangles, las chicas que nos animaron en Bachimaña, un bar en Candanchú donde sonaba Cocoon, la californiana que enfermó unos días después de conocerla, gente muy fuerte, gente un poco despistada (por usar un eufemismo), personas que buscaban un reto deportivo y personas que querían disfrutar de las montañas a su ritmo.

De todo un poco, pero con un denominador común: todos hemos sido contemplados por las mismas cimas, los mismos lagos y las mismas piedras.

Hemos sigo observados por los Pirineos… Es algo muy grande para tener en común.

Llegamos a Hondarribia atravesando Irún, una pesadilla de tráfico, gente, autobuses y ruidos muy extraños. Hondarribia es una preciosidad, claro, y hemos tenido la enorme suerte de encontrar una habitación muy bien de precio, de una cama, en el casco viejo, en Txoco Goxoa, donde pagamos 138€ por las dos noches. Cenamos tan bien en El Curry Verde que reservamos la comida y la cena del día siguiente también allí.

Al día siguiente nos acercamos al Cabo Higuer por un paseo urbano, con bolsas en vez de mochilas pero con las mismas zapatillas gastadas de todo el camino, que tienen menos dibujo en algún punto que mi cabeza recién afeitada. Nos acercamos al agua y lo tocamos. No tenemos agua del Mediterráneo para compartir, lo perdimos en algún punto del camino. Echaré una gota de mi sudor, que no es tan romántico, pero sí más representativo, si consigo sudar un poco, que hoy está nublado.

Nos quedamos sentados, callados como bobos, contemplando el mar durante un buen rato. El viaje ha terminado. 

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