PROTOCOLO SHELLEY

PROTOCOLO SHELLEY
PROTOCOLO SHELLEY

Ruge el teléfono. El hecho de que el aparato no esté conectado a la red, sino que sus circuitos arcanos se hayan cincelado en bismuto, anuncia que hay trabajo. Descuelgo.

El paquete ya debería haber llegado, agente Godwin. Confirme.

El buzón de la puerta del apartamento escupe un sobre marrón. No escucho pasos al otro lado, y eso que la tarima de madera del rellano está diseñada para que se queje como una vieja con artrosis ante el paso de un jodido ratón.

—Lo tengo, Inspectora. Entonces, ¿qué será esta vez? 

Fuga de seguridad tipo B+. Active el PROTOCOLO SHELLEY.

Me trago una maldición y cuelgo. A continuación saco dos paquetes de tabaco y empiezo a quemar los cigarrillos, uno tras otro. Cuando mi cuchitril ya parece la carbonera de un tren me levanto y asalto el mueble bar. En ningún momento pierdo de vista el sobre abultado que hay en el suelo. Tras beberme el equivalente a un coma etílico, reviso el paquete. Dentro encuentro el informe de la operación, un rollo de hilo quirúrgico grabado con runas nanométricas y el material de limpieza. Todo instrumental de primera, maldita sea.

***

Detroit posee agujeros realmente infectos. Soy consciente de ello cuando entro al bar abandonado que indica el informe. La mitad de las bombillas no funcionan. Hay graffitis por las paredes y el serrín cubre el suelo. El resto de la decoración parece escenografía robada de algún festival metalero. Probablemente así sea. 

—¿Fuma? Creía que lo tenían prohibido —dice una voz. 

Es mi contacto. Lo he visto nada más entrar, pero me hago la sorprendida. «Hay que guardar las apariencias», pienso. Está sentado en un aparte. Me acerco.

—Agente Godwin. 

—Grey. —Me tiende la mano. La ignoro. Arruga la nariz—. ¿Ha bebido, agente?

El tipo hace honor a su alias: traje gris de dos piezas. Usa gafas de sol. Lo odio. Retrasa bastante la identificación. Abre una carpetilla y me enseña unas fotos del Himalaya, así como las imágenes de unas estatuas espantosas que parecen hechas de cuero. Está hablando de Ghatanothoa, el primogénito del Gran Cé. Este dato me permite descartar la mitad de las opciones sobre qué clase de entidad tengo sentada justo delante.

Le pido que me explique de qué va esto y el tipo habla por los codos. Sigo notando algo raro en su voz. —Y no es su acento—. Cuando lo tengo claro le digo que necesito ir al baño.

—Claro. Tome el tiempo que quiera, agente. Queda toda noche por delante.

Me levanto y entro en el que debe ser el baño más sucio de Detroit. Estoy en esa película, Trainspotting, solo que aquí el yonki es bastante más peligroso. La rapidez es crucial. Giro los grifos hasta la posición niágara y con un permanente edding-500 negro empiezo a trazar diagramas en las paredes y en el suelo, frente a la puerta. Diría que estoy tan nerviosa que el pulso me golpea la cabeza, pero mentiría. En cuanto termino el último esquema los niveles táumicos de entropía se disparan. Puedo notarlo, y por lo tanto, eso también es capaz.

Saco mi revólver. Cinco balas grabadas con un enlace Tesla-Hawking, ideal para atrapar en un campo de contención a la criatura que tengo a menos de diez metros. Escucho un siseo, así que preparo el arma. Cuando se alinee sobre el diagrama…

«Un momento. ¿Como que un siseo?»

BANG.

«…acento raro…»

BANG.

«…no ha pronunciado ni una sola vez la ese»

BANG.

«…estoy jodida. No me estoy enfrentado a lo que yo creía…»

BANG.

Las balas vuelan sobre el diagrama, lo activan y atraviesan la puerta. Pero la trampa no estaba preparada para el señor Grey, así que doscientos kilos de músculo y escamas revientan la madera y se fuman mis guardias. Ojos sin párpado, boca llena de colmillos. El hombre serpiente se abalanza, me rodea y empieza a constreñirme.

—¡Sseñorita…! —sisea. Su cabeza se eleva hasta ponerse a mi altura—. El PROTOCOLO SSHELLEY esstá en Detroit. ¿Dónde lo esscondeiss, monitoss?

—¡Que te den, maldita culebra! ¡No te diré nada! —Noto las costillas a punto de reventar—. ¡Tu maldito dios seguirá bien muerto en el Amazonas!

—¡Assí que ess cierto! —Abre sus ojos viperinos—. Sse que no hablará, agente… Pero tranquila, loss mioss pueden llegar a sser muy perssuassivoss…

Como salga de esta pienso pasar por el departamento de gastos la media tonelada de tabaco que he fumado y el cargamento de whisky que llevo encima. Toda esa mierda ha enmascarado mi olor al hombre serpiente. Abre las fauces y me suelta una dentellada en el hombro. Grito al notar como sus colmillos atraviesan la chupa y se clavan en mi piel, en mi rugosa y callosa piel, inyectando un veneno paralizante que…

…que no me afecta un carajo.

La criatura reprime una arcada, chilla y una espuma negruzca brota de su boca sin labios. Su cuerpo escamoso se retuerce de dolor. Me intenta volver a morder, pero suelto la presa y le arreo una patada. Siento cierto placer al verla agonizar, lo reconozco.

—El protocolo es un mecanismo de defensa, culebra idiota. ¿De verdad creíais que teníamos escondida una máquina para revivir a vuestros malditos primigenios? ¿Aquí, en Detroit? —Río. Me quito la chupa con cuidado, y con aún más tiento me desabotono la camisa y revelo un cuerpo femenino que se parece al sofá de un local punkarra. Estoy llena de remiendos, partes que no son mías; todo mezclado en un cóctel nigromántico jodidamente tóxico y venenoso. Mi brazo está hecho un asco, pero tengo un par de repuestos en el frigo—. Supongo que llamarlo PROTOCOLO MARY SHELLEY era demasiado evidente.

El hombre serpiente intenta lanzar una dentellada agónica, pero para entonces ya he agarrado mi pipa y le he plantado un tiro en la cabeza. No hay magia de por medio, tan solo un un tándem de pólvora y nitrocelulosa. Estalla un festival de sangre y vísceras. Ugh. Ser una heroína hoy en día es un asco.

#Heroínas

#Zenda

@borradorcrisis

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