Interludio Zen nº 4

En estos últimos años he conocido a dos personas con las que estoy aprendiendo un montón: Víctor, que me enseña cómo es el mundo, y Robert, que me enseña a vivir en él.

Si no los hubiera conocido, ¿habría llegado tan lejos en el GR11? ¿Habría terminado la ruta? Pues posiblemente sí, claro, pero hay un pero, y es un “pero” muy grande. Gracias a ellos sé hasta dónde puedo llegar, y para qué.

En la Transpirenaica, como en todas las rutas que hacemos por amor al arte, es decir, que no las recorremos por obligación, sino por el gustazo, hay que disfrutar. Porque si no lo haces, si no recuerdas cada jornada con una sonrisa y cierta nostalgia,  entonces has hecho algo mal.

Por muy fuerte que seas, una ruta de este tipo va a suponer algunas incomodidades, dolores, cansancio, hartura y alguna lesión que otra. Eso forma parte del juego y hay que asumirlo. Pero si tienes un mínimo de forma física, podrás disfrutar del camino sin dejar que esas incomodidades pesen en tu mochila más de la cuenta y te hagan olvidarte de lo bien que te lo estás pasando. Eso está claro, ¿verdad?

Pues con la cabeza pasa lo mismo. Por eso pienso que las enseñanzas de estas personas me han resultado tan útiles, porque, gracias a ellas, he disfrutado mucho más.

Hay muchas formas de pasártelo bien en Pirineos: por deporte, por amor a las montañas, por el descubrimiento personal… La Transpirenaica es como un libro de autoayuda, pero llevado a la práctica y sin filosofía casera. También puedes disfrutar por el descubrimiento cultural, gastronómico o natural, o incluso también social, si te gusta charlar con la gente y hacer amigos nuevos.

En una ocasión nos cruzamos con una pareja extraña. Él caminaba delante cargado con dos mochilas, una encima de la otra, y ella caminaba detrás, sin peso. Habían discutido y se veía que estaban muy, muy enfadados. Me imagino la situación unas horas antes, con ella dolorida por alguna lesión o muy cansada, y él diciendo que tenían que ir más rápido para poder llegar al destino que se hubieran marcado para aquella jornada…

 Daban muy mal rollo. No sé si esa pareja terminó su viaje como habían imaginado, pero no creo que llegaran muy lejos. Desde luego, lo estaban haciendo de la peor forma posible porque, si no disfrutamos, nosotros, privilegiados que tenemos nuestras necesidades primarias más que satisfechas, si no disfrutamos nosotros que viajamos a las montañas por placer, entonces… ¿para qué?

¿Para qué el cansancio, el dolor y las incomodidades?

¿Para qué el esfuerzo?

Como dice Kilian Jornet, ¿tal vez vivir?

En la montaña, oblígate a maravillarte, a sonreír y a disfrutar de cada momento. Esto deberíamos hacerlo siempre, es cierto, pero, en fin, en la montaña es más fácil hacerlo porque parece que el cansancio te hace valorar más los pequeños placeres, como el calor del sol, los diferentes tonos de verde de los árboles o los animales que nos observan como visitantes en un zoo.

En la montaña las preocupaciones toman el lugar que les corresponde, y hay que aprovecharlo.  

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