Interludio Zen Nº 1

Para realizar cualquier ruta de senderismo hace falta una cierta forma física y algo de cabeza. Sin embargo, cuando decimos que “hace falta cabeza”, ¿a qué nos referimos?

Nos referimos a la capacidad de sacrificio, es decir, a la habilidad que mostramos a la hora de no dejarnos llevar por el cansancio o los dolores. Un montañero famoso dijo en una ocasión que, cuando dices por primera vez, “¡no puedo más!”, tan sólo has agotado el 10% de tu capacidad. Eso significa que tenemos capacidad para hacer un esfuerzo mucho mayor de lo que pensamos, o al menos, de lo que pensamos cuando no estamos acostumbrados al esfuerzo. La capacidad de sacrificio, como tantas otras cosas, se entrena y se consigue a base de enfrentarnos a nuestros dolores y nuestro cansancio.

También nos referimos a nuestra pericia cuando hay que hacer frente al desánimo o las adversidades. “Tener cabeza” significa que, cuando estás muy cansado y ves que tienes que superar un collado terrible de piedras descompuestas, debes recordar que el cansancio pasa y que por la noche vas a recuperarte. Todo camino se recorre un paso después de otro y, siempre que seamos conscientes de nuestros límites, es importante no dejarnos llevar por el agotamiento y mantenernos serenos. Esto se aplica también cuando nos sorprende una tormenta, o baja la niebla, o nos perdemos. Tener cabeza significa mantener la calma, controlar nuestros pensamientos y no dejarnos llevar por las ganas de gritar o de llorar. Esto también se aprende a base de práctica. 

Resumiendo de algún modo, “tener cabeza” significa controlar nuestras emociones, que no es lo mismo que reprimirlas. Significa que, cuando estás cansado y tu compañero dice algo que no te gusta, debes cerrar la boca antes de contestar algo inconveniente, porque cuando estamos cansados resulta muy fácil enfadarse por tonterías.

Yo llevo tatuados en un antebrazo unos kanjis (letras japonesas) cuyo significado se puede resumir en “pensamiento correcto”. Cada vez que me acercaba demasiado a Silvia y ella estaba a punto de golpearme con el bastón, en vez de enfadarme, me decía a mí mismo “¡piensa correctamente!”, porque si tú vas detrás de alguien y te llevas un bastonazo porque esa persona se resbala o le patina la punta metálica del bastón, la culpa es tuya por no mantener una distancia adecuada. También lo pensaba cuando estábamos subiendo una loma y, pensando que ya nos encontrábamos en el collado, veíamos una nueva pendiente que debíamos subir. En vez de gritar una palabrota o enfadarme, volvía a decirme a mí mismo “¡piensa correctamente!”. En esas ocasiones, intentaba hacer un chiste o volverme hacia Silvia con una sonrisa y decir alguna tontería. A veces, para mantener el buen humor o una actitud positiva, basta con un gesto sencillo. No sé si a ella le ayudaba en algo que yo mantuviera esta actitud, pero sé que, cuando yo estaba agotado y maldiciendo el calor y el camino, volverme hacia mi compañera y ver una sonrisa en su cara me animaba mucho.

Esta es una de las primeras lecciones que te dan las montañas: Pueden ser un paraíso o un infierno en función del clima o del camino y no podrás hacer nada por evitarlo, pero tu actitud es cosa tuya, y llegar a un collado y gritar “¡yuju! ¡lo hemos conseguido!” o decir “ya era hora, qué asco de pendiente”, puede marcar la diferencia entre disfrutar de lo que estás haciendo, de cada paso, o simplemente, hacerlo para  quitártelo de encima.

Si se tratara únicamente de llegar hasta un lugar determinado, no lo haríamos andando. Importa el camino, no la meta.

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