Entrenar a los 40 y la edad apropiada para aprender

A un servidor siempre le han llamado la atención las artes marciales. El cine tiene parte de culpa, por supuesto, pero en general, la estructura, disciplina y filosofía de las artes marciales tradicionales me parecen muy interesantes en muchos aspectos.

No sólo desde un punto de vista físico, quiero decir.

Hay una razón oculta y algo inconfesable para que yo practique artes marciales: Me encantaría, algún día, cuando un tipo me pitara con el coche, por ejemplo, poder bajarme, echar el cuerpo atrás, extender el brazo izquierdo, hacer la señal de “acércate” con la mano y decirle

—Ahora veremos si tu kung-fu es mejor que mi kung-fu

Lo intentaría decir con un tono más serio, pero ¿para qué engañarnos? Sé la cara que iba a poner, y se parece más a Jackie Chan que a Bruce Lee.

En fin, he escrito un pequeño artículo contando mi experiencia al empezar a practicar un arte marcial, porque para aprender siempre hay tiempo.

Espero que lo disfrutes. Yo lo he hecho.

 

ENTRENAR A LOS 40

Cómo conocí el Ninjutsu y por qué sigo entrenando

 

 

 

Cuando tomé la decisión

Me encontraba con unos amigos tomando la segunda copa. Estaba algo deprimido porque hacía unos días que había cumplido los 40, el cumpleaños en el que recibí las peores felicitaciones: “A partir de aquí sólo vas hacia abajo”, “bienvenido a la crisis del cuarentón”, y ese tipo de chistes malos. Yo acababa de decir que necesitaba un cambio en mi vida, algo que me animara, una afición, un hobby o algo parecido, y uno de mis amigos me hizo una propuesta.

—¿Por qué no te apuntas a ninjutsu? Ven un día al Dojo y ves cómo son las clases. Te va a gustar. Hemos parado en verano pero las retomamos ahora, a primeros de septiembre.

Me lo pensé un buen rato. Las artes marciales siempre me han llamado la atención. Practiqué kárate durante unos años en la adolescencia, pero de eso hacía un cuarto de siglo, que se dice pronto.

—¿Es muy duro? Yo no soy flexible ni llevo bien los golpes. Y los suelos están muy duros.

Mi amigo, que conmigo tiene mucha paciencia, suspiró y me dijo que no me preocupara. Mi estado físico no era bueno, pero sí razonable y, además, eso era lo de menos. Le dije que rodar y caer al suelo siempre me había parecido algo complicado y doloroso.

—Que no le des vueltas, pesado. Tienes que verlo y probarlo. ¿Otra ronda?

—Venga.

Algo que he aprendido con los años es que uno no debe comprometerse a nada cuando está de copas con los amigos. Por culpa de esos momentos de debilidad, puedes terminar ayudando en una mudanza o apuntándote a un curso de manualidades con macarrones. Estas cosas pasan a veces.

No volví a pensar en ello hasta el día siguiente. Empezar a entrenar un arte marcial me hacía ilusión y me asustaba un poco, todo a la vez. Además, yo no tenía ni idea de lo que era el ninjutsu y lo que leía en internet me resultaba algo confuso.

A los pocos días asistí a una clase como observador. El entrenamiento se realizaba en una sala de un gimnasio. Me descalcé y me incliné ligeramente antes de entrar, como vi que hacían los demás. El instructor me saludó, le comenté que había ido a ver la clase, me senté en un lateral y me limité a observar.

El componente tradicional, por llamarlo de algún modo, estaba presente en todo momento. Se comenzaba con un saludo y un pequeño ritual en japonés. Entonces empezó la clase. “Esto es facilísimo”, pensé. “Basta con imitar lo que hace el instructor”. Luego me di cuenta de que sólo estaban calentando. Soy así de inocente.

El grupo lo componían algunos alumnos que llevaban un cinto negro, algunos con un cinto verde (que indicaba algo así como encontrarse a medio camino del cinto negro) y otros con cinto blanco. Como había dicho mi amigo, había alumnos muy jóvenes y también otros que parecían de mi edad. Era un grupo heterogéneo y entrenaban unos con otros sin que la edad o el tamaño parecieran importantes.

Cuando empezaron a entrenar de verdad, con técnicas de nombres rarísimos, me pareció todo muy complicado. Algunas técnicas terminaban con uno de ellos en el suelo, a veces de forma suave y otras no tanto. Se cargaban unos a otros como si fueran sacos de patatas, lanzándose y derribándose como si nada. “El otro día me hice daño cogiendo una botella de butano”, recordé, y me sentí muy flojo.

Viendo un entrenamiento desde fuera

Se golpeaban. A veces se hacían daño, a juzgar por sus caras. Pero sobre todo, lo que me gustó, lo que más me llamó la atención, era que se estaban divirtiendo.

Se lo pasaban bien. No se reían a carcajadas, no era una “diversión” en sentido humorístico, pero todos tenían una sonrisa, una expresión de felicidad que sólo se consigue cuando estás haciendo algo que te gusta, aunque te cueste, como subir una montaña o finalizar un trabajo del que te sientes orgulloso.

Aquello no se parecía a lo que yo había visto en Internet. Uno ve unos vídeos al azar y piensa que sabe algo, pero eso es como ver un concierto de rock en la tele y creer que la sensación es la misma que cuando estás en primera fila dando botes. Vamos, que no hay color. Apenas hablaban en voz alta y se sentaban cuando el instructor explicaba algo. También había un cierto componente mental, por decirlo de algún modo. Se adoptaban posturas y gestos que yo había visto en algunos ejercicios de meditación, y las técnicas variaban en función de la actitud que marcaba el instructor en cada momento. Suena un poco raro, pero viéndolo en vivo me parecía todo muy normal, muy lógico, aunque no me enterara de nada.

También me llamó la atención que todas las técnicas parecían destinadas a usarse en un combate real: Estaban practicando un arte marcial, y eso se notaba en cada movimiento. Los alumnos atacaban y respondían con intensidad y fuerza, con ganas, vaya. Recuerdo ver a mi amigo sonriendo después de parar un golpe con una espada de madera que, de haberle dado en los dedos (o en la cabeza) le habría hecho mucho daño. No sólo estaban aprendiendo un arte marcial, también estaban entrenando una forma de ataque y defensa que, dentro de su belleza, era cruda y contundente. Pensé que, de un momento a otro, se abriría la puerta y entraría un grupo de un Dojo rival, desafiando al instructor como en las películas. Una lástima que, al otro lado, en vez de un pueblo japonés hubiera una sala de pesas con música y pantallas de tv. No se puede tener todo.

La clase terminó. Recuerdo que estaba emocionado y algo asustado.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó mi amigo.

—Que estáis como cabras.

—Entonces, ¿te apuntas?

—Claro.

Y así empezó todo. A la semana siguiente me planté en el gimnasio y hablé con al instructor.

—Prueba primero unas clases a ver si te gusta —me dijo— y, en ese caso, el mes que viene te apuntas ya de forma oficial.

Insistí en que yo era muy torpe. Que ya tenía una edad y que a lo mejor estaba un poco oxidado, por decirlo de forma suave.

—Tú no te preocupes, que todos hemos empezado desde cero. Ven a entrenar y verás cómo todo se aprende.

La consigna parecía ser esa, porque mi amigo me había dicho algo parecido: Prueba y experiméntalo. No pienses en lo que ves o en lo que te cuentan; tienes que probarlo por ti mismo.

Ese mismo día, en la primera clase, comprendí lo que querían decir.

Empezar a entrenar

El método que se usa para practicar el ninjutsu me parecía un poco raro. Trabajábamos una técnica y, al cabo de un rato, esa misma técnica se hacía de una forma diferente. Más tarde aprendí que estábamos entrenando una disciplina que engloba diferentes escuelas tradicionales japonesas, por lo que una misma técnica se trabajaba de diferente forma en función de la escuela. Pero los primeros días yo no tenía ni idea de esto y, además, los nombres en japonés me parecían todos iguales, así que me sentía más perdido que un hobbit en una cena de gala.

—Todo el mundo aprende —decía el instructor—. El método puede pareceros algo caótico, pero confiad en él. A unos se les da mejor unas cosas y a otros se les dará mejor otras, pero todo el mundo aprende.

El instructor simplificaba algunas técnicas para que las pudiéramos ejecutar los más novatos sin demasiado riesgo. Yo me había apuntado a primeros de septiembre, y eso me vino bien porque parecía que todos los años, después del verano, se empezaba por trabajar las técnicas más básicas, y los entrenamientos se complicaban e intensificaban según avanzaba el “curso escolar”.

En esas primeras clases me di cuenta de que todo el mundo puede aprender ninjutsu, desde el académico que busca la parte más artística y ritual del arte marcial hasta aquel que prefiere la “defensa personal”, la parte más práctica y marcial. Pero también pensé que aquello no era para todo el mundo porque exigía un cierto espíritu de sacrificio. Los primeros días era todo un poco raro.

Empecé a rodar. Muy despacio y con mucho cuidado, porque tenía, y no es una frase hecha, más miedo que vergüenza. Me enseñaron cómo colocarme para rodar y caer en el suelo acolchado del gimnasio. Yo veía a mis compañeros moverse como una pelota de tenis, con gracia y fluidez, mientras yo me sentía como un ladrillo dando vueltas dentro de una lavadora. Algunas personas tienen facilidad y soltura para sincronizar los movimientos de su cuerpo. Yo no soy de esas personas.

—No te preocupes —me decía todo el mundo—, esto se aprende con el tiempo.

Los primeros días me dolía todo el cuerpo, y eso que no entrenaba de forma tan intensa como el resto. De vez en cuando me veía un moratón que no sabía cómo me lo había hecho. No es que nos enseñaran golpes secretos y misteriosos, es que durante la clase no me daba cuenta. Y es que esa es otra: Uno asocia el ninjutsu con tipos enmascarados que hacen poco menos que magia y piruetas imposibles, pero lo que descubres cuando empiezas a entrenar es que todo eso son cuentos.

Bueno, todo, todo no, pero ya me entiendes.

Pasaron los meses. El ninjutsu engloba disciplinas y técnicas de todo tipo, y ese año asistí a algún curso en el que tuve la oportunidad de entrenar con otra gente y ver diferentes formas de trabajar. También participé en un entrenamiento en el campo donde nos enseñaron técnicas de orientación con un mapa y una brújula y en un curso en una piscina donde aprendimos a improvisar un salvavidas en el agua con unos vaqueros. Había muchas actividades que complementaban los entrenamientos habituales en el gimnasio, lo que complicaba mucho las cosas cuando alguien me preguntaba “¿y qué es eso del ninjutsu”?.

Enganchado al Ninjutsu

Cuando me quise dar cuenta ya formaba parte del Dojo. Mis compañeros me ayudaban mucho en los entrenamientos, y gracias a ellos sentí que progresaba de algún modo. Cuando uno me explicaba una técnica, yo pensaba “vale, ya caigo”, de forma literal, porque siempre acababa en el suelo. Y es que, sobre el tatami, todos teníamos un objetivo común y recorríamos el mismo camino. Comencé a comprender que, como nos decían a menudo, el ninjutsu es una carrera de fondo. Hay mucho que aprender y ninguna prisa por hacerlo, y el ritmo, dentro de unos márgenes, lo elige cada alumno.

Aquí voy a hacer una aclaración: Ser estudiante o trabajador de día y convertirte en ninja los martes y jueves por la tarde, es muy complicado. Para seguir el ritmo hay que dedicarle un tiempo extra al asunto, aunque sólo sea una cuestión de actitud. “Lo más importante es acudir a los entrenamientos del Dojo”, decía el instructor a menudo. “Pero no olvidéis lo que aprendéis aquí cuando salgáis por la puerta, porque entonces no os servirá de nada”. Quiero decir que puedes apuntarte a clases de pilates y no sentir durante el resto del día que eres una “persona-pilates”, algo que, además, sería un poco raro, pero, si practicas ninjutsu, tienes muchas papeletas para meterte en la cama dándole vueltas a una técnica. Yo lo aviso.

El comienzo del segundo año fue mucho más divertido que el primero. Ya no me encontraba tan perdido y, aunque seguía sin aprenderme los nombres, comencé a trabajar en la ejecución de las técnicas y no sólo en aprenderme los movimientos. Yo, que aprendí latín cuando era pequeño, me veía incapaz de memorizar unos pocos nombres japoneses. Lo que son las cosas.

Digo “unos pocos” por no desanimar a nadie, pero en realidad son un montón.

—No olvidéis el propósito último de la técnica —decía a menudo el instructor—. Tenéis que defenderos de un ataque y responder de forma rápida y efectiva. No perdáis de vista el objetivo.

Lo decía con otras palabras, pero más o menos el espíritu era ése. Los entrenamientos se convirtieron en un momento de descanso, aunque parezca extraño. Cuando estás en el Dojo, lo que sucede fuera deja de importarte: Sólo existes tú y tu oponente. Sólo importa la técnica, y eso resulta fantástico para olvidarte de las preocupaciones durante un buen rato. ¿Estás estresado y odias a tu jefe? Practica ninjutsu. Tu jefe seguirá siendo igual de odioso, pero te importará menos.

Me seguía doliendo el cuerpo después de entrenar y tenía muchos problemas para rodar y caer al suelo sin hacerme daño. Al poco de empezar el primer año se lesionó el compañero que estaba entrenando conmigo y cogí un miedo terrible a las lesiones. Tardé mucho tiempo en atreverme a ejecutar algunas técnicas y, aun hoy, el miedo me sigue impidiendo soltarme en algunos momentos ¿He dicho ya que soy muy torpe? Intentaba mejorar el control y la precisión, pero una y otra vez me tropezaba con mis limitaciones

—No tengas prisa —me decía mi amigo—. Trabaja bien, con seriedad y centrado en lo que estás haciendo, y con el tiempo mejorarás en todo lo demás.

Así que yo seguía entrenando y acudiendo siempre que podía al Dojo, por muy cansado que estuviera. “Nin”, la primera sílaba de “ninjutsu”, significa “oculto”, pero también “perseverancia”. Aprendí que no importaba lo que tardara en aprender una técnica o un movimiento. Lo que cuenta, como en tantos otros aspectos de la vida, es perseverar.

Sigo entrenando, por supuesto. A veces entro en el Dojo con cansancio y desgana, pero siempre salgo con una sonrisa. Para mí, que soy un principiante, el ninjutsu consiste en entrenar un día detrás de otro, respetar las normas de comportamiento del Dojo y valorar la importancia de lo que aprendemos, de las propias enseñanzas. No siempre lo consigo, pero lo intento, que ya es algo.

Sigo rodando y cayendo con la soltura de un ladrillo y a veces me muevo como si fuera un robot de las películas de los 70, pero voy mejorando. Mi amigo me dice que no tenga prisa, y yo le hago caso.

A veces me pregunto si empecé a entrenar demasiado tarde. A veces me lamento por no haber descubierto antes este arte marcial. Pero, como suele decirse, el maestro aparece cuando el alumno está preparado. Esto significa que no hay una edad adecuada para empezar y que cualquier momento es bueno. Dicen que envejeces cuando dejas de aprender, lo que significa que yo soy más joven ahora que hace unos años.

Sí, vale, es un decir, ya me entiendes. Que las rodillas me crujan como pan de anteayer no tiene nada que ver con esto.

Además, empezar a partir de cierta edad supone una ventaja importante en un sentido: Sabes lo que quieres y lo que no quieres en tu vida, y aprendes a darle importancia a aquello que te hace feliz.

No me importa lo lejos que voy a llegar en este camino. No me importa si avanzo rápido o despacio. Lo que importa es que estoy en él.

Y es un buen camino.

 

 

 

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