Archivo de la categoría: GR11 2016: Atravesando Pirineos sin saco de dormir

Reseña día 36 Elizondo – Bera: Tomamos conciencia de que esto se acaba

Hoy comenzamos la última etapa larga del GR11… La última que vamos a hacer, porque la siguiente etapa nos la vamos a bailar alegremente por una alternativa que hemos pensado que…

Pero no nos adelantemos, que esta jornada tiene su gracia. Todo el mundo nos había avisado de que Elizondo-Bera era larga y muy pesada. Por eso madrugamos un poco y, aunque nos entretenemos más de la cuenta, a las seis y media ya estamos andando, después de dormir como lirones sin despertarnos ni una vez.

Por las calles vemos algún que otro beodo y la basurilla típica de un pueblo en fiestas, pero en cuanto dejamos atrás las últimas casas, el sendero gana altura y vemos una imagen de la localidad, con las primeras luces del día, realmente bonita. Elizondo es un pueblo con mucha vida propia y nos ha gustado un montón.

Digo lo de “vida propia” en el buen sentido de la expresión, porque mis calcetines también han desarrollado algún tipo de ecosistema propio, y eso no es bueno. Cuando los meto bajo el agua y el jabón, al final de cada jornada, emiten un ruido parecido a las sirenas que anunciaban los ataques aéreos en la guerra. Creo que entre ellos y mi ropa interior se ha forjado un pacto de no agresión contra el enemigo común, y el hormigueo que siento en mis piernas no es más que su red comercial.

El sendero se convierte en pista, luego otra vez en sendero, se cruza un par de veces una carretera y, si no te pierdes ni aunque sea un poco entre tanto camino, es que tienes un GPS en tu cabeza. El GR se sigue muy bien y el camino está limpio y cuidado, y sólo hay que andar pendiente de no equivocarte de sendero.

Pasamos por bosques, vemos vacas, ovejas, cabras, caballos, ponis y algunos buitres. Todo muy bonito hasta que el sendero pasa cerca de una granja y escuchamos, durante un buen rato, los chillidos de los cerdos que provienen del interior. Los gritos nos acompañan durante un buen rato, porque se escuchan a mucha distancia, y caminamos rápido y en silencio para alejarnos de allí lo antes posible. Resulta desagradable y muy triste.

¡El camino nos da una sorpresa! Pasa junto a un bar a unos diez kilómetros de Bera, y la tentación de tomarnos un refresco y/o un par de cervezas es tentadora… Seguimos adelante porque hemos parado hace nada a zamparnos el bocadillo de pimientos que nos prepararon ayer. De haberlo sabido, habríamos esperado un poco y lo habríamos comido aquí.

Mis pies se quejan un montón. Entre la lesión del metatarso que arrastro desde hace semanas, los tobillos algo tocados, un dedo pequeño de un pie que me da vergüenza admitir que me duele mucho (¿cómo puede doler tanto algo tan pequeño?), y un sistema digestivo que cada día admite menos tonterías, me doy cuenta de que estoy llevando a mi cuerpo a límites poco recomendables.

Es verdad que las comidas nos pasan factura. Pasar el día a base de galletas y un bocadillo llega un momento en el que deja de apetecer. Más o menos cuando cumples los treinta años. Y a veces comemos muy bien cuando llegamos a destino, pero hemos hecho recuento y en estos cuarenta días hemos comido pasta más de veinte veces, y hablamos de pasta blanca, que nutricionalmente es equivalente a una gominola sin azúcar.

Finalmente, después de un paseo largo pero sin perdernos, porque está bien indicado, vemos el pueblo de Bera en lontananza, que es como decir allí al fondo y para abajo. Llegamos casi sin salirnos del GR y nos alojamos en el Hostal Auzoa que, como tiene montada una pequeña cocina (menaje y microondas, más que suficiente), nos permite comprar cuatro cosas en una tienda y cenar en una terraza fantástica. Pagamos 60€ por la habitación, también fantástica, y con 18€ de compra en el súper nos damos una cena fantástica. Estoy tan cansado que no me funciona el diccionario de sinónimos que aproveché para implantarme cuando me operé de las anginas.

Como curiosidad, los propietarios del hotel nos comentan que están un poco decepcionados con el “negocio” de alquilar las habitaciones, porque la gente arrasa con todo lo que se pueden llevar, desde el papel higiénico hasta el aceite de la cocina, y que resulta muy molesto. Es una pena, porque las cuatro personas que tienen esa actitud nos crean mala fama a todos los que viajamos con la mochila al hombro. Nosotros compramos una botella de aceite para aliñarnos la ensalada con garbanzos de la cena y la dejamos allí. Supongo que es cuestión de perspectiva.

Antes de cenar conocemos a dos chicos que también terminan el GR11, uno de ellos del tirón, haciendo algunas etapas muy duras. ¡Hay mucha gente fuerte en el camino! Nos comentan que se cruzaron con la chica americana jovencita que conocimos en Viadós, en el Pirineo oscense, y que estaba un poco enferma, amarilla y tumbada en una litera de un refugio a ver si se recuperaba… Nos da mucha pena, así que rezamos por ella a los dioses de las montañas, por si cuela y resulta que nos escuchan, y confiamos en que se recupere.

Simón nos cuenta, sin rechistar tampoco hoy (ya lleva tres días con las mismas pilas y empiezo a asustarme), que hemos recorrido 32km con +1.250m y -1.400m en poco más de nueve horas.

No nos engañemos: la ruta se nos ha hecho corta pero no es porque sea corta, sino porque llevamos un ritmo majo y las piernas caminan a su rollo después de tantos días. Es una ruta un poco rompe-piernas porque tiene bastante tramos cuesta arriba, cuesta abajo, pero estos terrenos son  cómodos. Mañana hacemos la última etapa del GR11, pero no sabemos si la terminaremos del todo, o si dejaremos el ritual de acercarnos a Cabo Higuer para el sábado por la mañana y que así nos cueste menos.

No hablo de las piernas, claro.

Estamos tan machacados que caemos muertos en la cama con el sol todavía en lo alto.    

Reseña 37-38 Bera – Hondarribia – Cabo Higuer: Y una lágrima en la arena.

Lo tenemos claro: Esta última etapa no la vamos a realizar por el GR11, sino por la senda verde que une Bera con Irun. La distancia será parecida, pero los casi mil metros de desnivel del GR no nos apetecen nada, pero nada. No es porque estemos cansados del monte, es otra cosa…

Voy a poner un ejemplo: imagina a un gato que entra en una fábrica de ovillos de lana y se queda allí jugando toda la noche. Por la mañana le apetece seguir jugando, pero prefiere dormirse encima del montón más grande y mullido que encuentre.

Eso hacemos nosotros. Hemos reservado dos noches en una habitación en Hondarribia, que es como un buen ovillo de lana, y dos cenas en El Curry Verde, un restaurante vegetariano equivalente a un montón de ropa mullida recién planchada y colocada encima una cama. Vamos a tomárnoslo con calma y a disfrutarlo.

Salimos de Bera sobre las siete y algo, preguntando por la Senda Verde y sintiendo algo de pena cuando el camino se separa de las marcas del GR. La Senda es un camino muy cómodo y sin desniveles que transcurre por una antigua línea de ferrocarril, o algo parecido, siguiendo el Bidasoa.

No voy a engañar a nadie: la senda es chula y una opción muy cómoda si estás cansado o algo fastidiado, pero a veces va al lado de la carretera y a veces junto a un polígono industrial. Vamos, que monte, lo que se dice monte, mucho no se ve. Para los ciclistas debe estar muy bien, porque los hay a montones.

Durante el camino jugamos a recordar todas las etapas del GR, y me doy cuenta de que cada vez que pienso en una de ellas me vienen recuerdos nuevos: la gente de la cima del Comapedrosa, la pareja machista-racista-rara de narices que estaba tomando una cerveza en Conangles, las chicas que nos animaron en Bachimaña, un bar en Candanchú donde sonaba Cocoon, la californiana que enfermó unos días después de conocerla, gente muy fuerte, gente un poco despistada (por usar un eufemismo), personas que buscaban un reto deportivo y personas que querían disfrutar de las montañas a su ritmo.

De todo un poco, pero con un denominador común: todos hemos sido contemplados por las mismas cimas, los mismos lagos y las mismas piedras.

Hemos sigo observados por los Pirineos… Es algo muy grande para tener en común.

Llegamos a Hondarribia atravesando Irún, una pesadilla de tráfico, gente, autobuses y ruidos muy extraños. Hondarribia es una preciosidad, claro, y hemos tenido la enorme suerte de encontrar una habitación muy bien de precio, de una cama, en el casco viejo, en Txoco Goxoa, donde pagamos 138€ por las dos noches. Cenamos tan bien en El Curry Verde que reservamos la comida y la cena del día siguiente también allí.

Al día siguiente nos acercamos al Cabo Higuer por un paseo urbano, con bolsas en vez de mochilas pero con las mismas zapatillas gastadas de todo el camino, que tienen menos dibujo en algún punto que mi cabeza recién afeitada. Nos acercamos al agua y lo tocamos. No tenemos agua del Mediterráneo para compartir, lo perdimos en algún punto del camino. Echaré una gota de mi sudor, que no es tan romántico, pero sí más representativo, si consigo sudar un poco, que hoy está nublado.

Nos quedamos sentados, callados como bobos, contemplando el mar durante un buen rato. El viaje ha terminado. 

El recuento: Esos pequeños detalles.

 

Hemos hecho recuento de todo lo que hemos gastado a lo largo de la ruta, que para eso yo me molestaba en apuntar los datos del GPS, las cenas y las compras en una libreta:

Hemos perdido: una caja con imperdibles, el agua que cogimos en el Mediterráneo, un tanga, un buffer de la UDV (Unión Deportiva Vegetariana) y seis kilos.

Hemos recorrido: 865 km con +/-41.800m de desnivel, a lo largo de 298 horas.

Hemos gastado: 1,2 litros de protector solar, 800ml de crema para después del sol, 14 tapones para los oídos, un rollo de venda kinesio, 16 pilas AA y tres botes de repelente para insectos. Las medicinas no las cuento que me da hasta bochorno.

Hemos consumido 28 litros de cerveza. Más o menos. Hemos redondeado los tercios como si fueran botellines de 25cl. Perdón. Y algunas botellas de vino.

Hemos comido pasta (blanca, porque “integral” es un concepto desconocido) en 23 ocasiones.

Y por último, hemos jurado unas cincuenta mil veces, taco arriba, taco abajo, que no volveríamos a pasar por un determinado sendero, pedrera o trepada. Las mismas veces que hemos dicho “aquí tenemos que volver unos días y hacer rutas por la zona”.

Cada día, durante las últimas semanas, al llegar a destino hemos seguido la misma rutina: confirmar reserva, negociar la cena, estirar, lavar la ropa, ducharnos, masaje de pies y contracturas varias, cerveza, etiquetar fotos, cenar y escribir la reseña antes de dormir, repasándola al día siguiente antes de enviarla.

Lo peor ha sido la alimentación, pero no las comidas en sí, sino explicar en muchos sitios que, tal y como habíamos hablado un mes antes, somos vegetarianos y nos dijeron que no había problema, blablabla, pues tú dirás qué preparamos porque no tenemos nada, blablabla… En algunos sitios bien, en otros nos miraban con cara de asco diciendo “¿pero sólo comes verdura hervida?”, ignorando toda la conversación y dándome ganas de decirles “trae un pepino sin pelar, que te voy a enseñar otra cosa que puedes hacer con él”. Eso ha sido agotador. Y también, teniendo en cuenta que esto es una tontería comparado con todo lo que puede salir mal en un viaje así, demuestra que realmente no tenemos queja alguna del GR11.

Lo mejor… Es difícil decirlo. ¿La gente? ¿Las vistas? ¿La experiencia? Creo que lo mejor ha sido poder disfrutar del GR entero, de principio a fin, tal y como queríamos hacer desde mucho tiempo y, salvo casos puntuales, tal y como hemos preparado durante casi un año. Ha sido un viaje lúdico, no deportivo, hemos tenido mucha suerte con el tiempo y con nuestro cuerpo, que ha aguantado bien, y somos muy afortunados por habérnoslo podido permitir en todos los aspectos, tanto por el tiempo invertido en recorrerlo como económicamente, que nos ha supuesto un buen pico.

Gracias por haberlo compartido con nosotros. A todos, de verdad, muchas gracias.

He sido un turista en estas montañas, un viajero sin nada que ofrecer salvo mi asombro. Pirineos nos ha recordado quienes somos, y queremos despedirnos recordando una canción que ha sido la banda sonora de las etapas en muchos de los días. Sólo hay una forma de enfrentar las montañas, igual que cualquier otro proyecto: Siendo conscientes de su importancia justa, ni más, ni menos.

Siempre mira el lado luminoso de la vida: “Porque la vida es bastante absurda, y la muerte es la última palabra, siempre debes hacer una reverencia cuando baja el telón.”

Gracias de nuevo, y hasta la próxima.  

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